Ein Prosit, ein Prosit Der Gemütlichkeit…
Cursé mi último año de preuniversitario internado en una escuela que, inaugurada con solo 150 alumnos, fue única de su tipo en su momento. Así quedó en mi memoria por más que luego le surgiesen gemelas por doquier. Puedo dar un montón de razones de por qué, pero hoy solo mencionaré una: las amistades que se hicieron en aquellos escasos 10 meses de convivencia han resultado tan o más fuertes que otras forjadas durante mucho más tiempo en otros lares.
Un detalle que debo explicar antes de seguir narrando es que, en aquel entonces, uno de nuestros colegas dibujaba a toda hora caricaturas de toda una familia de animalillos simpáticos con las más extrañas características. Cuenta la leyenda que cierta vez al ser preguntado por qué los dibujaba tan raros, el dibujante respondió – “Los dibujo así porque me sale de las gónadas, de facto”; así que fueron bautizados como “Gonefactos”. Los “Gonefactos” se convirtieron más tarde “de facto” (valga la redundancia) en una suerte de mascotas extraoficiales de la escuela.
Cuatro décadas y tanto después, gracias a la tecnología, algunos profesores y más de la mitad de aquellos chicos inquietos que hoy peinamos canas (los que aún conservamos algo que peinar) mantenemos contacto casi a diario. Comenzamos en el 2006 con un grupo de correo electrónico y no hace mucho nos hemos pasado a un grupo de WhatsApp. Lo bautizamos…. bueno, no es difícil adivinarlo: “Gonefactos”. Del resto de nuestros colegas tenemos noticias o contacto a través de terceros.
Los encuentros personales entre nosotros ocurren con frecuencia. Ya sean planificados o de forma fortuita, como consecuencia imprevista del desperdigue nacional siempre hay alguien pasando por alguna parte del mundo donde ya reside al menos un miembro del grupo. Sirve esto entonces de justificación a una convocatoria para viajar juntos en el tiempo a aquellos años de uniforme azul. El año pasado, por ejemplo, logramos reunirnos 16 en la ciudad de Barcelona un sábado que comenzó con un almuerzo y terminó cerca de las 3:00 AM del domingo en un bar-discoteca. Pero no es de ese día que quiero contarles.
A principios de junio de este año, luego de mucha coordinación, varios de los miembros de “Gonefactos” logramos reunirnos en el festival de la cerveza de Erlangen, Alemania. Este no es un festival de carácter turístico como el conocido Oktoberfest. Es el festival de su tipo más antiguo de Alemania y a él acuden mayormente alemanes. Alrededor de un millón de ellos visita la fiesta.
A este encuentro fuimos principalmente gente que nos habíamos visto meses atrás en Barcelona, con la excepción de un colega que viajó desde Rusia y al cual yo personalmente no veía desde 1981. Esperaba por tanto que la euforia general se mantuviera al menos en niveles decentes. Nada más lejos de ello fue lo que ocurrió.
Lo sucedido es algo difícil de explicar porque, por un lado, al encontrarnos nos abrazamos como si no nos hubiéramos visto desde hace un siglo mientras que por el otro, es como si solo acabáramos de regresar del pase semanal de la escuela. Solo faltaba el mencionado uniforme, el carnet de conducta en el bolsillo y luego la presencia de nuestro odiado subdirector de vida interna para que pusiera orden a la hora del “de pie”. Si, porque la añeja costumbre de «llegar tarde a formación» sigue vigente: trabajo que cuesta lograr que la gente esté lista a la hora en que se acordó. Indudablemente, estos encuentros son una suerte de elixir de la juventud de efecto temporal restringido.
El festival de Erlangen es casi imposible de describir. Hay que vivirlo.
Alemanes de ambos géneros y de las más variadas edades, la inmensa mayoría con sus trajes típicos, llegan a la ladera de una colina en búsqueda de alegría y distintos niveles de alcohol en sangre. Todos saltando, bailando, cantando a coro, dando tumbos unos con otros y asombrosamente, a pesar de que ninguno termina la jornada en condiciones de conducir ni un triciclo, ahí no ocurre ni siquiera un breve altercado verbal.
A las once de la noche se apaga la música. Se acaba la fiesta porque los vecinos del lugar tienen que dormir y eso se respeta. Una marea humana comienza a bajar la ladera aquella con la misma alegría y el mismo bullicio pero, organizadamente. Si un semáforo de peatones se pone en rojo, la marea se detiene totalmente aunque por la calle transversal no venga vehículo alguno. Decididamente, los alemanes evolucionaron a partir de un tipo de primates distinto al de nuestros lejanos ancestros.
La cerveza del festival es muy buena. Es fresca, de barril y tiene poco gas. Yo, la primera noche debo haberme bebido unas cinco jarras de a litro, si no más. Y de igual forma debo haber meado la misma cantidad, si no más. La segunda noche bebí algo menos, pero era otra cerveza distinta que, si bien me gustó más aún, me pegó más fuerte. Ya lo dice el dicho: a un gustazo, un trancazo.
Nuestros colegas que viven en Alemania se pasaron de anfitriones. No solo se encargaron de recibirnos en el aeropuerto, planificar el itinerario y traducirnos todo el tiempo, sino que uno de ellos nos hizo de cicerone el último día de la visita y nos enseñó la ciudad de Múnich todo lo que el tiempo permitió.
En tanto, otro de ellos en coordinación con aquel dibujante de antaño, se encargó en silencio de darnos una gratísima sorpresa: mandó a hacer para todos unas gorras rojas que muestran a un miembro de la otrora familia de mascotas y la inscripción MGGA , similar al slogan actual de los republicanos de Estados Unidos. Su significado: “Make Gonefactos Great Again”
Descontando lo agradable de la sorpresa que recibimos con cada gorra, la genialidad de su diseño y la utilidad para localizarnos cuando nos separábamos en la multitud, la verdadera magia de las gorras estuvo en algo inesperado: su capacidad para que todo alemán que nos viera con ellas cambiase su expresión facial.
Sucede que muy pocas personas llevan gorra en un festival de cerveza. Los hombres, si se cubren la cabeza, lo hacen con un Tirolerhüte o algún otro sombrero tradicional alemán. Así que un grupo de sesentones con gorras color “rojo punzó” no le pasaba inadvertido a ningún alemán por mucha cerveza que hubiese bebido. Mucho menos cuando ese grupo no iba hablando el idioma alemán, ni al volumen que habla un alemán.
Al vernos, las caras de los locales pasaban de una felicidad por inducción alcohólica a un disgusto tipo “¿Qué coño hace este grupo de viejos que se ve a la legua que son extranjeros con gorras MAGA aquí?” Luego, para regodearse en su disgusto, volvían a leer la inscripción y ponían cara de incredulidad ante lo que inicialmente percibían como un error de impresión. Al ver el error repetido en cada gorra, pasaban a cara de sorpresa pensando en que quizás se tratase de una nueva tendencia bajo el lema “Make Germany Great Again” y dos segundos más tarde, cuando se fijaban en el animalejo, entonces se sonreían. Seguidamente, uno de cada cinco preguntaba de qué iba el asunto.
Nuestros colegas que viven en Alemania amanecieron afónicos luego de dos días de celebraciones. Ellos decían que de cantar en el festival. Yo digo que de la cantidad de veces que tuvieron que explicar en detalles y “a grito pealo” bajo la música, de qué iba el asunto de las gorras. Al final, los explicados se reían a carcajadas de la ocurrencia, pero instantes después, las caras finales era las más preciosas de todas: eran caras de asombro.
Asombro al entender que el asunto en realidad iba de que un grupo de cubanos sesentones había viajado desde lugares tan lejanos como Rusia, España y USA a un festival de cerveza alemán para encontrarse con otros cubanos sesentones que viven en Alemania, con el único objetivo de celebrar una amistad forjada, más de cuatro décadas atrás, en solo 10 meses de convivencia.
P.S Durante el festival hubo varios intentos de “arrebatamiento gentil” de las gorras tipo trueque de trofeos entre guerreros béodos. Al saberse que no habría trueque, nos preguntaban invariablemente dónde podían adquirirse. Si hubiésemos tenido mil gorras, mil gorras hubiésemos vendido.

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