Capitán tranquilo,
paloma y león,
Cabellera lisa,
y sombrero alón;
Desde preescolar nos enseñaron la historia del comandante que cayó al mar.
Y desde primer grado, cada 28 de octubre nos llevaron a echarle flores al mar; o a algún río cercano que como todos, desembocaba en él.
Y ya en 5to grado, en la asignatura de Geografía, nos hablaron de la plataforma insular cubana y de su extensa riqueza en peces, esponjas y mariscos. Aprendimos que esta conformada por los archipiélagos de Colorados, Canarreos, Sabana-Camagüey y Jardines de la Reina. Así se recitaba.
Y en ese mismo curso, en la asignatura de Historia, aprendimos también que los americanos le arrebataron en 1898 la victoria a nuestros mambises luego de desembarcar sus tropas en la playa Daiquirí, hundir la flota del Almirante Cervera y finalmente tomar el fuerte de la Loma de San Juan.
Todas esas cosas las aprendió uno y quedaron ahí, arrinconadas en alguna oscura esquina de la memoria.
Entonces, en 1980, ya en 11no grado, una tarde invernal sale uno de la escuela, se va a pasar un rato con los amigos y termina en una fonda llamada «La Gran China». Justo en la intersección de las calles Lacret y Mayía Rodríguez, en el Reparto Santo Suárez.
Y en el momento que se dispone a entrar a comprar cigarrillos acompañado del último amigo que aún queda, aparecen dos personas sacando de la fonda a empujones e insultos a un señor mayor de traje y medio borracho. El instinto de justicia que se tiene en la adolescencia hace presencia y se interviene en la reyerta espetándole a los agresores si no se dan cuenta que se trata de una persona mayor.
Y termina uno cruzándole la calle Lacret al señor mayor, componiéndole un poco el traje y sentándolo en un muro justo delante de la parada de la ruta 83. Intentando calmarlo un poco mientras el señor sigue su soliloquio en voz alta:
«… todos ellos se van a ir muriendo uno a uno…. y me alegro mucho y bien!… me alegro mucho de que se haya muerto la cabrona esa…. ella estaba ahí presente y yo lo sé porque yo también estaba ahí…. ¡A mí no me pueden hacer cuentos, coño!…… yo estaba ahí cuando Raul le dijo que lo iba a matar… porque Camilo sí que tenía cojones, coño! ….y una semana después se aparecieron con el cuento ese del avión… después ella decía que no sabía nada… como siempre, haciendo lo que el otro decía… descarada… me alegro….»
Y el amigo que apura a que nos vayamos en la ruta 83 que se aproxima. A que deje «al viejo ese que está hablando mierda borracho» y nos montemos en la guagua.
Y uno que le hace caso al amigo mientras piensa que los borrachos generalmente hablan mucha mierda, pero rara vez dicen mentira; dicen lo que no dirían estando sobrios. Y que, ¡coño!, con el jaleo se ha quedado uno sin comprar cigarrillos.
Eso también quedó ahí, en alguna otra esquina oscura de la memoria.
Entonces pasan los años, uno se gradúa de ingeniería y a finales de los 80s un día lo ponen a cargo de un proyecto para introducir técnicas nucleares de medición en la industria.
Y en el caminar la isla de punta a cabo con su encargo, cierta vez se ve en una fundición llamada «Antillana de Acero», donde otro señor mayor le da «un tour» explicando cómo es todo el proceso productivo allí. Un señor mayor que, ante la pregunta de qué es aquella mole cilíndrica gris al otro extremo de la fábrica, responde sarcásticamente «Ese es el horno de Camilo».
Y uno que pone cara de «no sé de qué carajos hablas, pero me gustaría saberlo».
Y el señor que más tarde en la cafetería del lugar apura una taza de café mezclado, enciende un cigarrillo, suelta una bocanada de humo y dice «…aquí todos los viejos saben que en ese horno fundieron lo que quedó del avión de Camilo. Por eso no apareció ni un tornillo…..».
Eso de igual manera quedó ahí. Porque la memoria tiene más esquinas oscuras que un parque de enamorados.
Entonces, siguen pasando los años y los distintos trabajos que tocan hacer.
Y un día, a finales de los 90s, está uno en el aeropuerto de Camagüey cogiendo «un diez» de estar pasando cables de red de computadoras por paredes que no están preparadas para ello.
Y caminado por las afueras del edificio con el consabido cigarrillo en los labios se encuentra con un monumento que tiene un busto de yeso y una tarja que reza:
CAMILO CIENFUEGOS GORRIARAN
COMANDANTE GLORIOSO DE LA REVOLUCION
PERECIO EN UN ACCIDENTE AEREO EN VIAJE
DE CAMAGUEY-HABANA EN EL CUMPLIMIENTO
DE SU DEBER EL 28 DE OCTUBRE DE 1959
Y se queda uno ahí, observando el monumento mientras intenta alumbrar alguna que otra esquina de la memoria.
Y en el empeño no se percata que el director económico del lugar está detrás suyo, observando en silencio como uno observa. Así que, a modo de charla casual, uno dice:
«Fue desde aquí de donde salió Camilo cuando el accidente, ¿no?»
Y recibe de respuesta – «Eso dice la historia…. pero todo viejo en Camagüey sabe que Camilo jamás llegó a montar ese avión».
Decididamente, uno subestima la cantidad de esquinas oscuras que tiene la memoria.
Entonces un día, ya en otro siglo y peinando canas, con solo un trago en la mano pues ya no se fuma, uno se topa con la pregunta de que cómo carajos, si desde fecha tan temprana como principios del siglo anterior se comenzaron a rescatar artefactos de los pecios de la flota del Almirante Cervera, a estas alturas no ha aparecido ni un tornillo del avión de Camilo. Pregunta que se resiste a quedar arrinconada en esquina oscura alguna pues usa la Internet como linterna. Una Internet que dice que los pecios de la flota están a unos 30 metros de profundidad mientras la plataforma insular yace escasamente a 10 metros de la superficie.
Y yo, que no soy proclive a las teorías de conspiración.
Y yo, que soy de los que piensa que generalmente la explicación más simple es la más probable. Explicaciones como la de que en 1959, al avión de Camilo lo agarró una tormenta, cayó al mar sobre nuestra plataforma insular y simplemente no ha aparecido aún.
Y no hay nada de extraño en ello. A fin de cuentas, desde esa misma época tampoco han aparecido los peces, las esponjas y los mariscos.

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