Agua salada,
Alma lavada.

Santa María, esa playa habanera de arenas blancas y mar azul intenso que se apropió de tantos veranos de mi adolescencia. Playa que en mi mente solo cedía primacía a un Varadero casi inaccesible. Una playa que comenzaba no se sabía exactamente donde, pero siempre «después del Mégano» para terminar justo antes del puente de madera de Boca Ciega (*).

La Santa María de mi juventud tenía sus canchas de frontenis y su net de voleibol del Marazul donde la gente se citaba y luego no se encontraba de tanta gente citada allí. Tenía su cafetería de Pinomar donde uno se metía la mitad del día haciendo cola detrás de una banqueta para tomarse un batido de lo que hubiese y comerse un «disco volador». Pinomar a la noche funcionaba como discoteca donde por 5 pesos se entraba a bailar e incluían un trago. Era el destino nocturno de los que acampábamos en El Mégano a base de latas de ají relleno y de pollo a la jardinera.

Santa María, con su edificio de alquiler «Las Terrazas» donde con suerte uno encontraba a algún conocido alquilado que le tirara “un salve” si le agarraba la noche sin poder regresar a casa. Con sus taquillas «Las Brisas» donde se vendía aquel remedo de helado al que llamábamos “frozen” y donde había duchas de agua «salobre» para quitarse el agua salada antes de meterse en la epopeya de regresar a La Habana.

La Santa María de mi juventud tenía a 700 metros del mar una loma con un reparto de unas 100 casas de las casi 400 originalmente proyectadas. Construido a finales de los 50s como de segundas residencias con fines vacacionales, su desarrollo se detuvo al final de la década cuando muchos de los dueños existentes comenzaron a marchar al exilio. Esas casas fueron entonces confiscadas y puestas «a disposición del pueblo».

Si uno tenía suerte y alguien de la familia era premiado con una semana de alquiler en una de esas casas, la familia entera se mudaba allí por esa semana. Por familia entiéndase no el núcleo familiar sino la familia extendida que incluía hasta a aquel primo de otra provincia al que nadie veía desde el verano pasado. También iban los amigos de la familia, aunque eso sí, “a pasarse el día”, no a quedarse pues en la casa no cabía nadie más. Estos últimos generalmente llegaban muy temprano en la mañana y encontraban gente aún durmiendo en colchones en el piso hasta en la cocina de la casa.

Y cuando dije antes que la familia “se mudaba”, quise decir SE MUDABA: se cargaba con cazuelas, sartenes, olla de presión, batidora para hacerle puré al bebé que solo come puré, platos, cubiertos, cafetera, termos, un “pin-pan-pun”, el corral para el mismo bebé que solo come puré, catres, balsas inflables que doblaban de colchón para dormir, almohadas, sábanas, mosquiteros, toallas, ventiladores, el aparatico “del Flit” para los mosquitos, la sillita alta donde el bebé come el puré y luego caga el puré, la radio para oír la pelota, el televisor para no perderse la novela, más cuanta cosa adicional necesitase una familia cubana en ese entonces para funcionar por una semana. Y por supuesto, ¡el juego de dominó! ¿Qué casa en la playa era esa sin un juego de dominó? Aunque luego a la noche el juego despertara al bebé.

Por suerte no había que llevar el refrigerador. Cada casa tenía uno. Como el agua que se suministraba por las cañerías era también “salobre”, no era apta para beber. Estaba entonces la tarea diaria de buscar agua potable en enormes botellones. Tarea que se rotaban a regañadientes los adultos varones de la familia mientras las mujeres llenaban y ponían a enfriar pomos de cristal y jarras plásticas con el preciado líquido. Pomos y jarras que le disputaban el escaso espacio refrigerante a unas cervezas que aparecían inexplicablemente con más frecuencia que los botellones de agua. Pomos y jarras que los niños vaciaban siempre demasiado pronto para temor general de que luego el agua de beber no alcanzase el próximo día para la primera colada de café.

Todo eso era «peccata minuta» para mi con tal de poder disfrutar por una semana entera de la playa de Santa María sin tener que hacer los viajes diarios en ómnibus.  En mi caso particular esto último significaba agarrar en la parada cercana a casa una ruta cualquiera que me dejara en la intersección de la Calzada del Cerro y la Avenida de Boyeros. Luego cruzar a esperar por la ruta 61, que con origen en la terminal de Arimao transitaba toda la Calzada del Cerro y seguía por la Calzada del Monte hasta llegar a su destino final en el Parque de la Fraternidad. De allí aún había que caminar unas cinco cuadras hasta algún lugar que cambiaba cada mes pero siempre en los alrededores de la Terminal de Trenes y desde donde salía la ruta 62 con destino a la playa de Guanabo. Mi tiempo total de viaje hasta Santa María: una hora y cuarenta y cinco minutos si todo salía bien. Casi nunca salía bien.

En cambio, cuando se estaba en una casa de “la loma”, caminar loma abajo 10 minutos antes de dejar en la arena “pullover” y chancletas era todo lo necesario para disfrutar de un mar claro y tibio como pocos. Si las olas rompían con demasiada fuerza en la zona de la orilla, se nadaba entonces hasta el siempre presente “banco de arena” y allí uno encontraba la antesala del paraíso esperándolo. Ya fuera en compañía de familiares, de amigos o de aquella chica de la casa vecina a la que se había conocido dos días antes, yo me sentía en la mismísima gloria.

Cierto es que ya de vuelta a la orilla bien podía uno encontrase entonces con la antesala del infierno, al dar de bruces con que las chancletas habían desaparecido. No era raro que pasaran personas que caminaban descalzas por la arena y al encontrar un par de chancletas en ella, simplemente se las calzaban y seguían su camino. Aquello significaba subir la loma de vuelta descalzo sobre un asfalto a escasos dos grados de su temperatura de fusión en carreras cortas de césped en césped. Uno llegaba a la casa con la planta del pie llena de ampollas por el calor y cortadas por las ortigas del césped. Así y todo, la playa lo valía.

La Santa María de mi juventud tenía los mal llamados pinos (casuarinas) que contaminaban la arena con sus hojas en forma de agujas y dejaban caer unas «piñitas» que pinchaban el pie descalzado pero ofrecían una sombra que, junto a la brisa marina, invitaban lo mismo a una siesta que a un devaneo romántico. Años más tarde, para proteger la playa, quitaron las casuarinas, provocaron dunas de arena y sembraron cocoteros. Reconozco que era lo correcto para prevenir la erosión, pero entonces dejó de ser «mi playa».

Santa María tenía un hotel llamado Atlántico con cafetería y cabaré. La mayor parte del tiempo estos eran solo accesibles a sus huéspedes, aunque como todo en la isla; si se conocía a la persona indicada o se decía la frase correcta o se “aflojaba” el monto adecuado, se podía entrar. Poco antes de irme a Rusia a estudiar fui por última vez al cabaré del Atlántico con mi novia y una pareja amiga una noche memorable. No tanto por la calidad de los dos espectáculos que ponían en escena sino porque poco faltó para que termináramos la noche en un calabozo. Mi amigo, que conducía el auto estatal asignado a su padre, no paró en una señal de PARE. Nos detuvo entonces la policía por la infracción en el mismo momento en que nadie podía parar de reír de un chiste recién hecho. Ni siquiera delante del agente de la autoridad pudimos aguantar la risa.

Dijo el poeta que uno nunca debe regresar al lugar donde fue feliz. Quizás algún día regrese a Santa María, pero bien sé que nunca lo haré a «mi» Santa María.

(*) Mi padre, con su peculiar sentido del humor, siempre se refería a esta última como Boca Tuerta. Cuando lo corregían decía invariablemente «¡No me digas! ¿Perdió el otro ojo?»

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Una respuesta a “Santa María”

  1. Avatar de electronicsoftly07090a022d
    electronicsoftly07090a022d

    Por mi origen (interior de la entonces Habana), no iba mucho a Santa María, pero la visité algunas veces (en viaje de ida y vuelta los fines de semana). Pero tuve muchas vivencias parecidas a estas en Guanabo, para mí la mejor playa de ese entorno noreste habanero. Bravo Mayo. Estas hecho un maestro en eso de traerle a no de nuevo la juventud a la memora. Eso siempre se agradece. Por cierto, cuando pensaba que estaba en medio del texto, se acabó….

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