«Chismosaaaa….!»

Grito canchero cuando suena la lata.

A los nueve años recibí de regalo mi primera raqueta de tenis. Me la regaló, mientras lo visitábamos en Santiago de Cuba, el Dr. Juan Diaz Sarduí, un excelente amigo de mi familia. Se trataba de una «Airplane» de madera hecha en China. Tenía muy buena hechura y unas cuerdas que yo juraba que eran metálicas. Junto con la raqueta venía su funda y una prensa para que no se torciera con la humedad.

Por años esa raqueta estuvo en un closet. De vez en cuando yo la tomaba y hacia como que jugaba tenis en mi cuarto, pero no había terreno de tenis cerca de casa ni amigos con raquetas para ir a jugarlo. Hubo que esperar unos cinco años hasta que se impuso entre los muchachos de mi edad la fiebre de ir a «jugar cancha». Solo entonces la «Airplane» mía finalmente encontró uso.

Por «jugar cancha» se entendía lo que luego se denominó «frontón cubano». Es uno de los tantos juegos derivados de la pelota vasca. En este caso se trata de una modificación en exteriores del «squash» inglés original que se juega en una «cancha» (de ahí su nombre) con solo de tres paredes de hormigón de unos 7 metros de alto. La pared delantera y la trasera tienen unos 10 metros de ancho mientras una lateral a la izquierda corre unos 20 metros. Digamos que es una cancha de Jai Alai mucho más pequeña. En la parte inferior de la pared frontal hay una franja cubierta con una chapa metálica conocida como «la lata» que suena si la pelota la golpea. La pelota debe siempre golpear encima de esa franja.

El juego consiste en golpear la pelota hacia la pared frontal por turnos y devolver la pelota con solo un rebote en el suelo o sin rebote alguno. Los rebotes en la pared lateral o la trasera no cuentan. Cada error le da un tanto al equipo contrario menos en caso de un saque «largo» que cuenta solo como medio tanto. Gana quien primero llegue a 15 tantos o más siempre que tenga una diferencia de dos con el contrario. Se juega individual o por parejas y la norma es que el equipo que pierde un partido se retira para que otro entre a jugar con el equipo ganador. Si se juega de parejas, en cada una hay un «delantero», que cubre la parte delantera de la cancha y un «zaguero», que se encarga de cubrir la parte de atrás.

La modalidad cubana se juega con pelota y raqueta de tenis, aunque también existen la modalidad de «pala» que se juega con una suerte de raqueta maciza de madera y el «handball» que se juega en una cancha más chica a mano limpia sin raqueta alguna. Tiene reglas sencillas y no exige una exagerada preparación física. De hecho, la habilidad y la picardía pueden compensar bastante una deficiente preparación física.

 Otro atractivo del juego es que, si uno llega a una cancha y no hay nadie más con quien jugar, uno puede entretenerse «boleando» solo hasta que aparezca un contrincante, cosa que en el tenis de campo no se podía hacer. Hoy día hay máquinas que tiran pelotas en el tenis de campo, pero no en la Cuba de 1978. El caso es que yo me enganché con lo de ir a jugar cancha.

Para ir a jugar cancha uno necesita como mínimo, una raqueta de tenis, una pelota de tenis y por supuesto, una cancha. Cerca de mi casa estaba el Centro de Entrenamiento de Alto Rendimiento «Cerro Pelado» que tenía cuatro: dos de frontón y dos de handball, pero allí no se podía entrar. Había que colarse. La otra cancha cercana era la del Reparto Fontanar a la que se llegaba tomando la ruta 114 hasta su última parada en un viaje de unos 30 minutos. A mis escasos 14 años esas eran mis opciones.

La cancha tenía sus reglas no escritas.

Una era que quien llegaba a jugar, “pedía” el último de la cola de quienes estaban esperando «a entrar» (a jugar). Cuando le tocaba el turno, si se jugaba de dúos que era lo más común y uno no tenía un amigo de pareja, se le solicitaba a alguien de los presentes que le sirviera de pareja. Ahí influía mucho la reputación como jugador que uno tuviese entre los presentes pues quien entraba de acompañante perdía su turno en la cola. No era cosa de hacerlo por servirle de pareja a un mal jugador que haría a la pareja perder fácilmente.

Otra regla era que quien entraba por primera vez a jugar tenía que «poner bola» en la rotación de pelotas para el juego. Si no se «ponía bola» no se podía entrar a jugar así que al menos, uno tenía que aportar una pelota al juego común. Las pelotas de tenis eran tan escasas como cualquier otro bien de consumo. Entonces, se les cuidaba rotándolas cada dos o tres tantos para que “se enfriaran”.  Como no todas las pelotas rebotaban de igual forma cada rotación implicaba un cambio en la dinámica del juego. Había que ajustarse «al bote» de la nueva pelota. Si uno perdía, salía del juego, pero no sacaba su pelota de la rotación mientras hacia la cola para volver a entrar. Solo la sacaba cuando decidía irse a casa. Si durante el juego la pelota de uno se rompía o se extraviaba, uno podía seguir jugando incluso si perdía y tenía que volver a la cola de nuevo pues inicialmente había “puesto bola”.

Las canchas teóricamente deben tener una malla de un metro y medio aproximadamente bordeando toda la pared para evitar que las pelotas se escapen durante una jugada errónea. Idealmente hasta debían tener otra malla más encima a determinada altura haciendo de techo. Sobra decir que lo raro es que esas cosas existieran en una cancha de la época, así que otra regla no escrita era que cuando alguien le daba mal a la pelota y esta salía volando por encima de la cancha se gritaba BOLAAAA!… y ahí uno sin pensarlo salía corriendo para tratar de ver donde la pelota caía para no perderla. Alrededor de las canchas no era raro que hubiese gente esperando a que cayera una pelota para robársela y luego venderla por unos dos o tres pesos.

Por esa misma razón, mientras se corría a buscar la pelota voladora, alguien tenía que quedarse cuidando la cola de pelotas de la rotación so pena de regresar con una pelota en la mano solo para encontrase con que la cola de pelotas de rotación había desaparecido. Eso lo aprendimos mis amigos y yo muy temprano de la peor manera.

Con el paso de los años y la extensión de la libertad de que uno gozaba, otras canchas se sumaron al inventario de lugares a donde ir a jugar. Las más cercanas eran las del municipio Playa de La Habana que era el municipio que más canchas tenía. Había, que yo recuerde, dos en el antiguo Club Náutico, tres en el antiguo Club Cubaneleco, dos en el antiguo Club Hijas de Galicia y unas ocho en un parque ubicado en la calle 70 y 7ma Avenida. Había otras más como las dos de la «Casa Central de las FAR» o las cuatro de la escuela «Marcelo Salado» pero a estas eran mucho más difícil acceder.

En las playas del Este había, que yo recuerde: dos canchas al lado de Villa Mégano, ocho canchas en la zona de la pista de carreras del Hotel Marazul, una más en una casa de alquiler justo al lado mismo del hotel, dos canchas en el antiguo Hotel Atlántico, dos más en lo que se conocía como “El Club de las FAR” y, pasando el antiguo puente de madera de Boca Ciega, había una que no estaba pegada al mar y luego, las dos canchas del antiguo Club Cantinero, reputadas entre «los cancheros» de ser las de mejor rebote en toda Cuba por la forma en que habían sido fundidas. Esto último yo no me atrevo a asegurarlo, pero es verdad que allí, los «zagueros» rara vez fallaban un “doble pared” trasero. En todo caso los cancheros pecan tan de exagerados como el resto de los cubanos. La playa de Guanabo tenía otras tres canchas que no eran tan populares pues su acceso era más difícil.

Una curiosidad cubana es que a pesar de ser considerada la cancha un juego de playa, en la famosa playa de Varadero no existía ninguna. Nunca supe por qué.

Cada cancha tenía su fauna autóctona de cancheros habituales. Algunos, era raro no encontrarlos allí a cualquier hora. En las canchas de 70 «el viejo Mario» era punto fijo. En Fontanar había un zurdo apodado «El Gallego» que era raro no verlo allí. Fue él quien me enseñó a jugar la posición delantera cuando hacia mis pininos. En las canchas del Club Cantinero se podía casi siempre encontrar a un actor de la televisión medio grueso y de bigotes que trabajaba mayormente en los programas de aventuras haciendo papeles “de malo” y cuyo nombre no recuerdo.

A finales de los 80s cada mañana en el Cubaneleco se podía encontrar a Alonso, el exsubdirector de mi escuela primaria durante mi niñez y vecino mío. A sus setenta y tantos tacos que ya cargaba en ese entonces, viajaba desde Altahabana a Playa a diario y jugaba dos partidos seguidos pues ganaba invariablemente el primero. Luego se retiraba de la cancha, aunque hubiese ganado el segundo, para refrescarse en el mar.  «Ya mis rodillas no me dan para más de dos partidos» – me decía cuando yo le preguntaba por qué no se quedaba jugando un rato más.

El personaje más conocido por todos en el mundo de la cancha no era precisamente un jugador sino Baldomero, el «encuerdador oficial» del equipo nacional de tenis de campo. Todo el mundo lo conocía pues en algún momento las cuerdas de las raquetas se rompían y había que repararlas. Si uno se ponía de suerte, encontraba a la venta cuerdas de raquetas, de las conocidas como “tripa de pato”, en La Casa de los Deportes de la calle Águila en Centro Habana, una de las dos tiendas de efectos deportivos de la ciudad. Existía otra tienda que creo recordar se llamaba “El Ciclista” y estaba cerca de la intersección de las calles Infanta y San Rafael, pero allí era más raro encontrarlas. Lo más común era usar nylon de pescar de grosor similar al de las cuerdas. Ahí era donde entraba Baldomero en juego.

Uno iba a la Ciudad Deportiva y casi siempre encontraba a Baldomero a la sombra de las gradas de las canchas de tenis de campo trabajando. Se le llevaba la raqueta y el la encordaba de tal manera que parecía salida de la fábrica. El precio variaba en dependencia del tipo de raqueta, si uno ponía las cuerdas o no y el tipo de cuerda, pero oscilaba entre dos cajetillas de cigarrillos y unos diez pesos. No recuerdo haber pagado nunca más de eso. Un chico de mi barrio apodado «el Indio», de tanto ir a ver a Baldomero y verlo trabajar, aprendió a encordar las raquetas el mismo y luego nos reparaba las nuestras por un precio mucho menor.

Y es que los cancheros vivíamos pendiente de dos cosas: la raqueta y las pelotas. Lo más difícil eran las segundas pues cuando salían a la venta en la susodicha Casa de los Deportes se agotaban en el día. A veces, las pelotas que se vendían eran de muy mala factura y rebotaban poco. Entonces la inventiva cubana resolvía el problema de dos maneras: se inyectaba la pelota usando una aguja metálica y una bomba de inflar balones o simplemente se «pelaba» la pelota quitándole la capa de fieltro y dejándola en la goma. La primera solución aumentaba la presión del aire dentro de la pelota haciéndola saltar más. La segunda buscaba eficiencia disminuyéndole el peso y convirtiéndola en un «casquito» como se les conocía. Si se inyectaba un «casquito» entonces se tenía una pelota que podía competir con las azules de racquetbol que algunos afortunados con familia en el extranjero exhibían con orgullo y para envidia mía.

El caso es que estar pendiente de comprar pelotas siempre estaba en la mente del canchero. Nunca se tenían suficientes pelotas pues uno sabía que tarde o temprano, las que uno tenía se romperían o se perderían en el juego. Con la entrada de las marcas polacas «Stomil» y «Polonez», por momentos se estabilizaba un poco el suministro de pelotas en la tienda, pero al poco tiempo volvían a escasear.

Cursando yo el 10mo grado, un día decidimos mi amigo Pedro Luis y yo ir a La Feria Agropecuaria de Rancho Boyeros que anunciaba un rodeo como parte de una «Feria de Productos Ociosos» que hacia el Ministerio de Agricultura. Esperando a que comenzara el rodeo nos pusimos a curiosear por el recinto ferial donde estaban los productos «ociosos» a la venta. En el mismo momento en que comentábamos como era posible que en los almacenes del Ministerio de Agricultura hubiera tantas cosas ociosas tan disímiles me fijo en unas cajas a los lejos que se veían llenas hasta el tope de algo que parecían pelotas de tenis.

Mi primera reacción fue la de «Naah… estoy viendo mal» pero unos segundos más tarde, ya delante de las cajas, nuestros ojos no daban crédito: montones de pelotas de tenis blancas como el coco con su marca en color azul. Para colmar nuestro asombro, se estaban vendiendo a 38 centavos cada una y nadie parecía estar interesado en ellas. Pedro Luis y yo nos quedamos paralizados un instante sin atinar a hacer nada.

Un minuto más tarde estábamos convirtiendo todo el poco dinero que llevábamos en pelotas, regresando a casa en la guagua previa disculpa con el chofer con la consabida frase de «Chofe, no tengo medio», abriendo cuanta alcancía teníamos, implorándole dinero extra a nuestras respectivas madres, corriendo a vender las botellas acumuladas hasta ese entonces destinadas a financiar las vacaciones y corriendo de vuelta a la feria para comprar más pelotas. No recuerdo cuantas compramos, pero fueron muchas.

Pedro se percató de que, como la feria era en el municipio Boyeros y nuestro preuniversitario estaba en el municipio 10 de Octubre, nadie en la escuela sabría de esas pelotas, así que podíamos revenderlas a peso en la escuela y con ese dinero regresar a por más. El frenesí duró poco más de una semana hasta que las pelotas finalmente se acabaron.

Eran unas pelotas de fabricación inglesa, un poquitín más chicas que las normales y evidentemente estaban viejas pues no rebotaban mucho, pero nada que una buena inyección no resolviera. La marca no la recuerdo, pero alguna todavía me quedaba cuando salí para la URSS en el verano de 1982.

Las raquetas eran otra historia. Mi flamante «Airplane» con su funda y prensa duró malamente unos dos años. Entre la humedad de la playa y los golpes contra la pared lateral de la cancha propios de un aprendiz, terminó en tal estado que mis amigos la apodaron como «la escoba». También resultó que sus cuerdas no eran de metal como yo creía sino de una suerte de papel encerado que no resistió bien la lluvia que invariablemente agarraba a uno jugando en las tardes de verano.

Tuve que comprarme una «Vostok» de fabricación rusa que era la opción más económica. La otra opción eran las «Stomil» de fabricación polaca, que eran mejores, pero costaban más. La «Vostok» tenía el valor añadido de que en su parte central o «corazón» se podía transportar un «casquito» que cabía apretado así que era cómodo andar con ellas. La desventaja principal: eran totalmente metálicas y con un borde poco menos que afilado. Un amigo mío perdió sus dientes inferiores frontales por un golpe de una «Vostok» en el medio de un partido en la cancha de Fontanar. Como quiera que sea, la escena de la cancha en los 80s estaba dominada por las raquetas «Vostok» y «Stomil». Algún que otro canchero viejo conservaba aún su Spalding & Bros de antaño y si alguien se aparecía con una «Wilson» nueva y flamante de facto estaba anunciando que tenía familia que viajaba o en el extranjero, pero «Vostok» o «Stomil” era la norma.

El preuniversitario Cepero Bonilla, antigua escuela de los «Hermanos Maristas de la Víbora», contaba en su patio de deportes con una suerte de cancha de solo dos paredes (sin pared trasera) que, si bien no era adecuada para jugar con raqueta o pala, lo era para jugar handball. De ahí que ir a la escuela con una pelota en el bolsillo fuera lo común. Ya fuera mientras se esperaba por el turno de educación física en la mañana, al terminar las clases en la tarde o simplemente durante algún que otro turno de estudios del que uno «se fugaba», en la cancha se armaban buenos partidos de handball lo mismo individuales que de pareja.

De los chicos de mi aula en 10mo y 11no grado, muchos jugábamos. Particularmente se destacaban Juan Carlos «el Cara’e Vieja» y Ulises «el Nene». Juan Carlos era indudablemente el mejor jugando individual pero cuando se jugaba de pareja, a Ulises y a mí era difícil ganarnos. Ulises era zurdo lo cual es una ventaja para jugar de zaguero y yo, flaco y derecho de mano, corría lo suficiente como para jugar de delantero. Con el tiempo, Ulises y yo llegamos a jugar bien acoplados de pareja también con raquetas.

Lo común en una pareja de cancha es que el delantero «le cante» al zaguero por donde caerá la pelota que envió el contrario pues tiene mejor punto de observación. Un grito de «HAY» significaba que el golpe fue lo sufrientemente fuerte como para que la pelota rebotase en la pared posterior luego de dar en el suelo. «HAY LARGO» significaba que la pelota daría primero en la pared trasera antes de dar en el suelo. «NO HAY» era que no habría rebote trasero. «SE ABRE» se cantaba si la pelota iba a rebotar en la pared lateral «abriéndose» hacia la derecha mientras que «SE PEGA«, era que la pelota rebotaría pegada la pared lateral. «AIRE» era el grito para indicarle al zaguero que no dejara rebotar la pelota en el suelo y le pegara antes de caer pues luego del rebote sería imposible darle («pica y vete» se le llamaba a esa situación). «SE VA» gritaba el delantero si opinaba que la pelota contraria saldría del área de juego. Todas esas situaciones las ve el delantero mucho mejor desde su posición.

De igual manera es el zaguero el encargado de «cantarle» al delantero los «kilos» (pelotas extremadamente bajas, pegadas a «la lata» que debe devolver el delantero) o los “doble pared” (rebote lateral primero y frontal después) pues generalmente en ese momento el delantero esta de espaldas al zaguero contrario. Por la forma en que el contrario blande la raqueta puede un zaguero intuir hacia donde irá dirigida la pelota incluso ante de ser golpeada. Cantar a tiempo y correctamente puede ser la diferencia entre perder y ganar. Fue lo que con el tiempo nos llegó a pasar a Ulises y a mi: cada uno conocía las habilidades y deficiencias del otro y «cantábamos» acordemente.

Si uno frecuentaba las mismas canchas durante bastante tiempo, terminaba haciendo amigos que luego quedaban. Ya sea jugando con un desconocido o conversando con él mientras se esperaba turno para jugar, uno trababa amistades. Luego, sucedía que uno se ausentaba un tiempo de la cancha por alguna razón y cuando volvía, era recibido por la grey como un viejo amigo con un «¿Dónde estabas metido? Hace rato que no te veía». Como si verse en la cancha fuera parte indispensable y diaria de la vida.

Uno aprendía las mañas de los otros jugadores viéndolos jugar y usaba ese conocimiento luego a su beneficio. También aprendía los trucos y trampas de los demás. Caso simpático era el de Willy el del Cubaneleco. Señor de unos 60s en aquel momento, jugaba bastante bien en la posición de delantero, cosa rara para «un temba». La posición de delantero se adecúa más a las personas jóvenes pues si bien es cierto que se corre menos, hay que hacerlo muy rápido cuando toca. Los «tembas», por lo general, juegan más cómodos de «zagueros» pues si bien se corre más tiempo, se hace generalmente “al trote”. Con los años los «zagueros» también aprenden a «cortarla de aire», que no es más que darle a la pelota sin dejarla picar en el suelo para no tener que correr tras ella.

Pues bien, a menudo Willy no tenía pelota para poder entrar a jugar y entonces, se aparecía en la cancha con una pelota rota que ya no servía, la usaba para su primer saque al principio del juego y por supuesto, al primer golpe la pelota sonaba rota. Ahí mismo el Willy gritaba «Coño, manda m….! La única pelota que me quedaba y se rompió»… pero ya se quedaba jugando porque había «puesto bola». Lo hizo tanto que llegó un momento que la gente le revisaba la pelota que el traía antes de empezar a jugar.

Otro canchero pintoresco del Cubaneleco era Buchito. En aquella época se vendía en el lugar cerveza a granel en vasos de papel encerado conocidos como “pergas”. Buchito nunca compraba cerveza, pero se acercaba como el que no quiere las cosas al que la hubiese comprado y le decía “Asere, dame un buchito ahí…”. De ahí se le quedó el apodo.

Mi último año de preuniversitario lo cursé internado en una escuela muy exigente. Eso me alejó bastante de la cancha. No era cosa de decirle a la novia que había dejado en mi anterior escuela que no pasaría a verla durante «el pase» de fin de semana por irme con unos amigos a la cancha. Tampoco tenía manera de mantener contacto con mis amigos de la escuela anterior. Nueva escuela, nueva vida y cada cual a lo suyo.

Un año más tarde, matriculé la Facultad Preparatoria Hermanos País con vistas a salir a hacer mi carrera universitaria en la antigua URSS. Las clases terminaban sobre la 1:00 PM y la facultad quedaba cerca de la zona de playa. En las primeras semanas iba a veces con mi amigo Marco «El Asere» después de clases a jugar un rato a las canchas de 70 para luego darnos un chapuzón en el mar de Monte Barreto antes de virar a casa. Lo cierto es que los estudios empezaron a dejar cada vez menos tiempo libre y eso fue mermando. A mí particularmente, el estudio del idioma ruso se me hacía difícil y me ocupaba bastante tiempo. Aún así, como en el tercer mes del curso me sucedió algo que recuerdo como uno de esos momentos en la vida en puedo decir que Dios se puso de mi parte.

En nuestro grupo había una chica muy bonita que me gustaba. Como sucede generalmente, no solo a mí me gustaba la chica. Entre los pretendientes estaba Ricardo, un chico bien parecido, para nada mala persona pero eso sí, algo fanfarrón. Había llegado a nuestro grupo unas semanas después de empezado el curso acompañando de Lázaro, su amigo de muchos años. No pasó mucho tiempo antes que nos enteráramos que los dos jugaban cancha de pareja desde hacía muchos años. Ricardo no se cansaba de fanfarronear en el aula lo bien que lo hacían.

Pues resulta que Ricardo empezó a organizar una ida en grupo, chicos y chicas, al Club Náutico un día después de las clases con la idea de jugar cancha un rato y luego bañarnos en la playa. Yo me apunté, pero sin mucha ilusión de poder hacer un buen papel ante la chica objeto de mi interés. De hecho, hasta valoré no ir pues intuía que jugar con cualquier desconocido de pareja contra Ricardo y Lázaro sería una suerte de suicidio deportivo. Al final me dije «que sea lo que Dios quiera» y finalmente fui.

Cuando llegué a la cancha del Club Náutico ya la mayoría del grupo estaba allí. Las chicas conversaban en las gradas viendo a los varones jugar mientras Ricardo de «zaguero» y Lázaro de «delantero» despachaban a una pareja tras de otra. Jugaban muy bien. Yo pedí el ultimo como era la costumbre, me senté en la grada, encendí un cigarrillo y no había terminado de soltar la primera bocanada de humo cuando veo que a la cancha se aproxima…. ¡nada menos que mi amigo Ulises “el Nene”! No lo veía hacía más de un año y para suerte mía, portaba en su mano una raqueta. Valga aclarar que, en nuestros tiempos de jugar cancha juntos, el Club Náutico no era uno de los lugares que frecuentábamos así que ni en sueños hubiera contado con encontrármelo allí.

Ulises me vio e hizo un gesto desde lejos levantando los brazos, pero yo enseguida le hice una leve seña de «NO» con la cabeza y le aparté la mirada. Fue suficiente. Habíamos pasado tanto tiempo juntos que entre nosotros no hacían falta palabras.

Ulises llego, pidió el último y se sentó en la parte baja de la grada ignorándome. Yo al minuto salí caminado como a botar el cigarrillo que estaba fumando y de regreso me senté a su lado como el que se sienta al lado de un desconocido. En voz baja le dije – “Nene, ¿tú ves al rubio ese que está jugando de «zaguero»? Me está haciendo sombra con una jeva ahí. Cuando me toque entrar, te voy a “pedir” pero tu yo no nos conocemos, ¿ok?» «OK»- fue todo lo que me respondió.

Llegó mi turno. Yo me viré hacia la grada y como el que no quiere las cosas le pregunté a Ulises “¿Socio, tú juegas?». «Algo» – me respondió. «Bueno entra conmigo» – le dije. Y luego ya dentro de la cancha – “¿Quieres jugar delante o atrás?» «Me da igual» – me respondió. Todo eso delante de Ricardo y Lázaro que estaban escuchando la conversación. «Bueno, dale, juega tu atrás» – zanjo yo. Y comenzó el partido.

¡Dios mío, que paliza les dimos! Parecía que Ulises y yo habíamos estado jugando juntos hasta el día anterior. Cuando Ricardo y Lázaro se retiraban luego de haber perdido el partido Ricardo se justificaba diciendo que «lo habíamos cogido cansado». Se fueron a tomar agua y regresaron a ponerse de nuevo en su turno en la cola. Varios partidos nuestros más tarde entraron de nuevo a por la revancha, pero ¡que va!  Ya el Nene y yo estábamos tan sincronizados como antaño.

Hay un momento en el segundo partido contra Ricardo en que, cada vez que él le daba mal a la pelota, se ponia a observar su raqueta con cara de «¿qué es lo que tiene esta raqueta que le está dando mal a la bola?» Ulises, que ya estaba «caliente» le dice «Socio, esa raqueta tiene problemas. Mira coge la mía» – y la da su raqueta. «¿Tú tienes otra?» – le pregunta Ricardo. A lo que Ulises le responde «No, es que yo no necesito raqueta para ganarte». Terminamos ganando el segundo partido con Ulises jugando «a la mano». ¡Humillación deportiva total!

Luego de aquel partido, Ricardo se fue a casa a rumiar su orgullo maltrecho y Lázaro se fue con parte del grupo a bañarse en el mar. Un rato más tarde, cuando ya Ulises y yo nos cansamos de jugar, luego de ponernos al día y despedirnos, se me acercó Lázaro en la playa y me preguntó «Brother, ¿de verdad que tu no conocías al socio ese que jugó contigo?» «No, para nada» – le respondí. «Coño, que raro» – me dijo – «parecía como si llevasen una vida jugando juntos». Y es que Lázaro, observador por naturaleza y sin la presión de querer impresionar, se dio cuenta de que había algo que no encajaba.

Durante mis años en la antigua URSS la cancha desapareció de mi vida por razones obvias. Aun así, eso no impidió que en mi regreso definitivo a Cuba luego de graduarme cargara con sesenta pelotas de tenis marca «Leningrad». No eran de las que mejor rebotaban, pero tenían fama de «aguantar palos». Me duraron por muchos años.

Durante unos meses en mi primer año de vida laboral tuve la posibilidad de ir cada mañana al «Cubaneleco» a jugar unos partidos antes de darme un chapuzón en el mar, ducharme, comer algo e irme a un curso de maestría al que había sido destinado y que empezaba sobre el mediodía. Volví a tomar contacto con algunos veteranos del lugar y conocí a otros nuevos. De estos últimos Jorge, terminó casado con la vecina de enfrente a mi casa y Tania, una chica de mi edad que jugaba al nivel de los mejores varones, terminó casualmente casada con un amigo de la infancia. Luego, la vida laboral primero y el «período especial» después me alejaron definitivamente de la cancha cubana.

Ya en pleno siglo XXI, luego de pasados unos meses de haber emigrado a Miami, conocí el «ráquetbol». Es un juego parecido, pero se juega en una cancha que, por un lado es más chica y por el otro, tiene dos paredes laterales y una frontal. No hay pared trasera. Se usa una pelota mucho más rápida (las azulitas aquellas que envidiaba en mi juventud y que ahora son amarillas) y no hay franja inferior de bola baja. Se disfruta, pero no es lo mismo.

Contrario a lo que se creería, a pesar de la gran influencia cubana en el área de Miami, las canchas cubanas son escasas y mayormente privadas. Una vez me invitaron a un almuerzo corporativo en el club «Big Five» al que había que pagar por el cubierto. Pague el cubierto solo para tener derecho a entrar al club ese día y jugar en las canchas cubanas que el club posee. De más está decir que no asistí al almuerzo.

Mi hijo mayor, que vivió hasta sus años de preadolescente en Cuba, aprendió a jugar cancha cubana desde temprana edad. Luego acá en la universidad llego a ser campeón de su división en ráquetbol. Hoy con sus 37 años todavía lo juega muy bien. Hace unos años, aún en plena pandemia, descubrió acá en Miami otro club privado que tiene dos canchas cubanas pero que, previo pago de una tarifa, se le permite jugar a los que no son socios.

Me invitó mi hijo un día a jugar allí y fue una experiencia irrepetible. Casi veinte años luego de mi visita al club “Big Five” y con mis casi sesenta tacos a cuestas en aquel momento, a los pocos minutos de estar en la cancha era para mí como haber vuelto a mi juventud. Cierto es que ya «la bomba» no era la misma. Cierto es que ya no era tan fácil «correrle a las bolas». Cierto es que me llevó un rato «cogerle la distancia» a los saques. No obstante, volví a sentirme de 17 años.

Al rato de estar jugando me vi a mí mismo «cortando las bolas de aire» como mismo hacían «los tembas» de mi juventud. La realización de que ahora «el temba» era yo, mientras el joven era mi hijo me llenó de regocijo. Regocijo por ver que mi hijo comparte la misma pasión que tuve yo de joven. Regocijo por saber que algún día se la transmitirá a mi nieto y le contará de mi en una cancha.

Se volvió a despertar en mí aquella picardía de donde poner la bola sin tener que darle con la fuerza que ahora, como “temba”, ya no tengo. Mi hijo, que me gana cualquier partido hoy día, a cada rato ante una jugada buena mía me decía «¡Coño, todavía te acuerdas!».

Y es que como dice el dicho «lo que bien se aprende, no se olvida». Tanto así, que cuando una pelota voló por encima de la cancha yo automáticamente salí corriendo detrás de ella para ver donde iba a caer. «¡No corras viejo!» – me gritó mi hijo -«Yo traje un cubo de pelotas y al final las recogemos todas. Las que no aparezcan, no importa». Ni caso. La próxima pelota voladora me encontraba a mi corriendo detrás de ella. Como dicen acá «old habits die hard».

Mentiría si no reconozco que estar aquel día raqueta en mano en una cancha con mi hijo también hizo que mis ojos por momentos se humedecieran. Constatar el paso del tiempo me dio también algo de tristeza. Tristeza al recordar a tantos amigos cancheros que ya no están, a otros con los que mantengo contacto, pero no estaban allí ese día, y a otros que no se si alguna vez volveré a ver: Chicho, Noriega, Rodolfo el Tata, Fernando el Bicho, Pedro Luis, Esteban, Orestes, el Indio, el Gallego de Fontanar, el viejo Mario, Alonso mi subdirector de primaria, mi cuñado Carlos, el Willy, el Asere Marco, el Nene, el Cara’e vieja, Carlos el loco, Marisi, Emilio el de Luyanó, el Colorao, Cairo y tantos otros cuyas caras aún veo y cuyos nombres olvidé. Todos testigos de una época en la que éramos felices y no lo sabíamos.

Yo soy de los que dicen que cada persona tiene su propia versión del paraíso. No estoy muy seguro cual es la versión final del mío, pero puedo afirmar sin temor a equivocarme que mi paraíso tiene una cancha cubana, una buena raqueta Wilson, muchas pelotas y sobre todo, muchos socios haciendo cola para jugar.

P. S. La chica de mi grupo de la historia del Club Náutico fue luego, primero mi novia y más tarde mi esposa. El matrimonio duró hasta que un día Dios decidió poner otra vez de su parte. No sé si a favor mío o de ella, pero entonces nos divorciamos.

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5 respuestas a “Cancha”

  1. Avatar de sharkdelicately7755f39613
    sharkdelicately7755f39613

    Tremendo cuento Don Mario. Excelente final con tu hijo

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  2. Avatar de alwayscollector7c91859987
    alwayscollector7c91859987

    Me ha encantado este segundo post desde la foto. Aún recuerdo las canchas de 70, aunque nunca llegué a jugar en ellas. ¡Espero el siguiente!

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  3. Avatar de electronicsoftly07090a022d
    electronicsoftly07090a022d

    El final.con tu hijo jugando junto a ti es, por así decirlo a lo cubano, «de película». De solo imaginarlo me emociona. Puedes dar gracias Dios por esa experiencia. Es parte de lo que deseamos, anhelamos cuando nos volvemos «tembas». Yo, incluso diría, que soñamos desde jóvenes compartir muchas cosas junto a nuestros hijos; entre ellas nuestras aficiones. Formidable el texto, bella vivencia.

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  4. Avatar de Maguy
    Maguy

    Muy buen relato, me encantó !!!

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  5. Avatar de Fernando Alonso
    Fernando Alonso

    Lo volví a leer y me encantó otra vez, cuantos recuerdos se agolpan, que felices eramos en esa época. Muy bonito relato .

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