«….. la maldita circunstancia del agua por todas partes. El agua como una cuarta pared, como barrotes invisibles, recios, asfixiantes.»
Virgilio Piñera
Nací y crecí en una isla. Una isla comunista para mayor escarnio. No solo aislado físicamente del resto del mundo sino ideológicamente también. Bueno, ¿qué puedo contar del tema que ya no se sepa?
Cuando era niño la televisión contaba solo con dos canales: el 4 y el 6. Luego al canal 4 le movieron la frecuencia para el canal 2 y esos dos canales de televisión rigieron mi visión del mundo hasta que fui casi un adulto. O intentaron regirla debí decir. Si no lo hicieron del todo fue gracias a un invento de 1880 del alemán Heinrich Hertz: la antena.
Recuerdo perfectamente la primera vez que tuve conciencia de que existía algo llamado antena. Fue el 21 de Julio de 1969 y a mí me faltaban unas semanas para cumplir seis años. No es que tenga una memoria prodigiosa, sino que ese día llegaría el primer hombre a pisar la Luna. La televisión cubana decidió no hacer mención alguna del tema ya que una semana atrás el invencible comandante en jefe había decretado que el país alcanzaría la riqueza prometida con una espectacular zafra de 10 millones de toneladas de azúcar. No se hablaba de otra cosa en la radio y televisión del país.
Mi padre en tanto, médico cardiólogo de profesión, pero entusiasta de la electrónica y todo lo que oliera a tecnología, convenció a mi tío materno Jesús Pablo para «ponerle un booster» (amplificador) a la antena del TV de la casa, agarrar la señal de Miami y ser testigo del increíble evento histórico de la humanidad.
Mi tío era técnico de electrónica y sabía del tema. Yo solo recuerdo a mi tío subiendo y bajando las escaleras de mi casa de dos plantas, trepándose desde la terraza de la segunda planta a la azotea y gritando desde allí «Y ahora, ¿se ve?» Cuando me fui a dormir ya estaba oscuro pero mi padre y mi tío seguían en eso. Luego, cuando sus amigos tocaban el tema, ellos afirmaban haber visto al hombre llegar a la Luna «con mucha llovizna» pero según la cara de mi madre, eso era solo un producto de la imaginación y los buenos deseos de ellos.
De cualquier manera, desde ese día se me grabo la palabra «antena». La antena era algo mágico que te permitía ver y escuchar «aquí, lo que no era de aquí».
La cosa no hubiera pasado a mayores a no ser por la dichosa inclinación que tienen los niños a decir lo inapropiado en el más inoportuno momento. Un mes y tanto más tarde, poco después de empezar primer grado, reparo yo que justo enfrente a mi escuela había una casa con una antena gigantesca. Para más coincidencia, ese día fue mi padre a buscarme al aula (cosa sumamente rara) en el mismo instante que la directora de la escuela estaba en el aula hablando con mi maestra. Cuando vi que mi padre pedía permiso para entra al aula yo, sin que mediara pausa, corrí hacia él y le dije en voz alta «Papi, papi, enfrente a la escuela hay una casa que tiene una antena grandísima. Con esa si seguro que se puede ver la televisión de Miami»……. en plena «Zafra de los 10 Millones».
Yo no percibí nada en aquel momento, pero luego en casa, por la conversación que tuvieron mis padres conmigo intuí que «antena», «televisión» y «Miami» eran palabras que no se pronunciaban en una misma oración. Hay que tener mucho cuidado con lo que se habla delante de los niños.
Resulto ser que aquella casa con la antena gigantesca era la de un radioaficionado que casualmente era paciente de mi padre. Tuve luego oportunidad de visitar esa casa en varias ocasiones y ver aquellos aparatos metálicos llenos de luces y con olor «a caliente» que a mí se me antojaban salidos de las aventuras de «Flash Gordon» o las de «Guerra entre Planetas» que pasaban cada domingo en la mañana por la TV justo después de la Comedia Silente.
Mi padre se enfrascaba en conversaciones con aquel hombre y de estas lo único que aprendí era que había algo a lo que llamaban «rotor» que servía para girar la antena. Ni idea en ese entonces de porque había que girarla pero lo cierto es que cuando lo hacían, se veía muy interesante aquella cosa inmensa girando.
La siguiente antena que recuerdo es la de un radio VEF-206 que «se ganó» mi madre en su centro de trabajo cuando ya yo estaba en 4to grado. Era telescópica. Uno la subía o la bajaba, pero la estación Radio Progreso se escuchaba igual. Era una época en que yo cenaba a la noche, me lavaba los dientes y corría a la cama de mis padres a escuchar primero el programa «Alegrías de Sobremesa» y luego, ya medio dormido, «Nocturno» que era el programa que le seguía en la estación «Radio Progreso».
Tres años más tarde, becado en una ESBEC del entonces regional Ariguanabo volvió la antena a jugar un papel en mi vida y en la de mis compañeros de clase. Alguien se había traído a la escuela un radio minúsculo marca Taíno. Preadolescentes todos, nos comenzábamos a interesar por la música; en especial por la «música americana» como le decíamos. Había en ese entonces un solo programa de radio nacional donde ponían «música americana». El programa se llamaba «Now». Usaba de coartada comentarios críticos sobre la sociedad estadounidense y los ilustraba con canciones principalmente de Arletha Franklin, Ray Charles, Gladys Knight y otros similares. De vez en cuando colaban canciones de bandas como Credence Clearwater Revival, Grand Funk Railroad o Led Zeppelin. El programa duraba solo 30 minutos y lo transmitían a las 6:00 de la tarde solo dos o tres días a la semana. La estación que lo hacía era Radio Ciudad de La Habana o Radio Metropolitana. Honestamente, no recuerdo.
El caso es que en medio del campo aquella estación se escuchaba fatal hasta que alguien de casualidad descubrió que si se recostaba el pequeño radio Taino a unas de las cabillas exteriores del edificio que servían de pararrayos, se escuchaba fenomenal pues el andamiaje metálico aquel servía de antena. Escaparnos del turno vespertino de estudio individual para reunirnos en el «sótano» del albergue alrededor de aquel radiecito pegado a una cabilla se convirtió casi en un ritual. De igual manera era ritual salir corriendo despavoridos cada cual por su lado cuando alguien gritaba «¡el Uchimata!», apodo que tenía el subdirector de vida interna de la escuela que se dedicaba a perseguirnos.
Ya en 9no grado apareció en la escena «la dobliu»; al menos para mí. Se trataba de dos estaciones de radio AM del sur de la Florida que transmitían música el día entero: la WQAM y la WGBS. Generalmente se escuchaban sin necesidad de antena extra alguna pero su recepción dependía un poco de las condiciones meteorológicas. Casi siempre, si no se escuchaba una, lo hacia la otra.
El problema surgía a finales de diciembre cuando a veces los frentes fríos impedían escuchar las 8 horas seguidas de la WQAM dando el «Hit parade» de las 100 mejores canciones del año de acuerdo con el Billboard’s magazine. Hoy día suena muy raro, pero en ese entonces, los muchachos que tenían grabadora de casete grababan directo de la radio todo el programa (¡las 8 horas!) y luego esa música se ponía en las fiestas de fin de semana.
Por suerte el «Hit parade» se repetía durante dos o tres días así que siempre había chance de regrabar lo que no se hubiera podido grabar antes por mala recepción. En cualquier caso, aparecieron las primeras antenas caseras de radio AM. La mayoría involucraba un enrollado de alambre de cobre en una superficie cilíndrica no conductora siendo la más común una caja vacía de talco Brisa. En dependencia de la marca del radio era donde se le conectaba esa antena exterior involucrando muchas veces el abrir la carcasa de la radio y seguir las instrucciones de alguien que sabía tanto de electrónica como uno. Sin que se enteraran los padres debo añadir.
Ya por esa época empezamos algunos chicos a interesarnos por la construcción de antenas de televisión que tuvieran la suficiente ganancia como para poder ver la televisión de Miami. Mi padre había fallecido hacia años así que acudí a mi tío materno a por ayuda. Lo primera lección que aprendí de él fue: «el que más sabe de antenas, no sabe nada de antenas». Así que bien empezábamos.
Mi tío me facilitó dos planos de las antenas más comunes y me dijo que probara. Los planos eran, uno de una antena «Yagui» y el otro de una «Colineal». Según la teoría la «Yagui» ofrecía más ganancia, pero era «direccional», es decir, tenía que estar orientada hacia la emisora. La «Colineal» ofrecía menos ganancia, pero no era tan exigente con la orientación. «Tu construye una y prueba» – me dijo.
Fácil decirlo. En un país donde casi nada se vendía, para un chico de secundaria conseguir los elementos para construir una antena era casi imposible. Mucho menos hacer dos y probar cual funcionaba mejor.
De esa época lo que más recuerdo es que yo caminaba por la ciudad mirando a los techos de las casas fijándome en que antena tenía cada uno y orientada hacia dónde. Se me convirtió en un hábito.
No obstante, algunos intentos de antena aparecieron. Con resultados magros, pero aparecieron. A mi madre no parecía importarle que mis amigos y yo pasáramos tanto tiempo subiendo y bajando de la azotea de mi casa y un día supe porque: la escuché cuando le decía a la vecina que las antenas no cagaban la ropa tendida como las palomas, mi pasión de años antes.
El caso es que con independencia de la antena que se usara, había una época del año en que por espacio de unos días la televisión de Miami «entraba clarita». Generalmente la recepción, amén de que mejoraba y empeoraba por momento, siempre tenía su «llovizna». Hoy día me percato que en ese entonces no entendíamos nada de lo que se decía en la televisión de Miami y así y todo éramos felices de ver «algo de afuera» en nuestros televisores en blanco y negro. Aun no lo sabíamos, pero desde tan temprana edad ya el cerco ideológico nos asfixiaba. ¿Como explicar si nó el empeño?
No recuerdo si fue estando en 10mo grado o ya en 11no, una noche pasadas las 10 PM andaba yo probando un booster que me habían prestado para ver que tal funcionaba con el ultimo remedo de antena Yagui que había instalado en casa. En un momento en que estoy cambiando canales doy con un video de los Bee Gees cantando «My World» y, ¡se veía aquello espectacular! No podía creer lo que veían mis ojos. «Como funciona este booster!» – pensé sin apartar los ojos de la pantalla.
Con los Bee Gees aun en pantalla me moví hasta el teléfono de mi casa para llamar a Pedro Luis, mi vecino, amigo y entusiasta también en eso de las antenas para darle la noticia de lo bien que trabajaba el booster que me habian prestado. Cuando iba a agarra el auricular, mi teléfono suena. Lo agarro y escucho la voz de Pedro Luis que me dice «Mayito, corre y enciende el televisor que están poniendo a los Bee Gees por el canal dos».
Había sido tanta mi excitación que no me había percatado que tenía sintonizado el canal 2 de la televisión cubana. Aquella fue la primera vez que se transmitió un video clip en ella. Fue tanto el impacto que la gente empezó a llamar a la emisora pidiendo que lo repitieran. Esa misma noche pusieron el mismo video dos veces más.
Pedro Luis y yo habíamos crecido juntos; el con un padre ausente por razones no muy claras para mí y yo, hijo único y también sin padre desde los 10 años luego de que el mío falleciese. Infancia aparte, esos años de preadolescentes y luego adolescentes sin figura masculina a imitar nos había hermandado mucho. Cierto es que hacía un par de años Luis, el padre de Pedro, había vuelto a casa, pero el vínculo entre nosotros ya estaba formado.
En marzo de 1980 mi amigo Pedro Luis me dio la terrible noticia que se marchaba del país con su familia. La ausencia de su padre durante sus primeros quince años de vida no se había debido a ningún tipo de asunto marital sino a que su padre había estado cumpliendo condena como preso político. Entendí entonces porque Pedro no había entrado en su momento a la escuela Lenin a pesar de ser uno de los primeros expedientes de la escuela en su año. La situación para él se tornaba bien difícil pues implicaba romper con su novia de varios años. «No voy a dejar de tener padre ahora que por fin lo tengo» – me explicó mientras me daba la noticia.
A las pocas semanas toda la familia de Pedro Luis emigró. Su casa, luego del consabido inventario de bienes, fue cerrada y sellada con un sello de papel. Yo tenía que pasar por el costado de su casa cada vez que salía o entraba a la mía. No podía evitar mirar hacia ella y sentirme triste.
Solo al cabo de las semanas, cuando la tristeza empezaba a ceder ante el embate del implacable tiempo, es que me percato de que la antena de casa de Pedro aún estaba en el techo. Como mi casa era de dos plantas y la de el de solo una, todas las pruebas de antena se hacían en mi casa al ser esta más alta. La antena de casa de Pedro era una antena «normal» pero sus elementos podían ser reusados en otra. «¿Como no se me ocurrió decirle a Pedro que me la diera antes de irse?» – me lamentaba yo.
Convencí a Leíto, otro amigo de la infancia del barrio, a que me ayudara una noche a llevarme la antena de la casa de Pedro. «Total, la casa esta vacía. Si se lo hubiera pedido a Pedro me la hubiera dado» – argumentaba yo.
Varias noches más tarde, con luna llena incluida, Leíto y yo subimos por los barrotes de las ventanas de la ex-casa de Pedro al techo, zafamos los «vientos» (alambres de sujeción) con dos pinzas que llevábamos y bajamos la antena. La operación no habrá durado más de cinco o diez minutos. Ya en la calle, camino a mi casa cargando la antena un señor desconocido se nos acerca diciéndonos «Muchachos, Uds. me pueden decir dónde queda….» – y en el momento que esta frente a nosotros se abalanza hacia los bolsillos de nuestras respectivas camisas y nos saca a cada uno el carné de identidad. ¡Y si, los ladrones genios tipo película americana que nos creíamos habíamos ido a robar cada uno con su carné de identidad en el bolsillo de la camisa!
Dos horas después, luego de unos buenos sermones y patrulla de policía de por medio, nos dejaron ir no sin antes obligarnos a encaramarnos de nuevo en el techo de casa de Pedro y colocar la antena en su sitio. ¡Y nosotros contentos de que nuestros padres no se enterarían del asunto!
El desconocido que nos quitó los carnés de identidad no era otro que el custodio de la fábrica de medias «Casino» que quedaba en la esquina diagonalmente opuesta a la casa de Pedro y nos había visto desde el principio. Ya cuando Leíto y yo nos íbamos, con la patrulla de policía ausente el tipo nos dijo a modo de despedida – «Y la próxima vez que se les ocurra hacer algo así, no escojan una noche de luna llena». Creo que fue precisamente nuestra tamaña estupidez la que nos salvó de salir aquel día peor parados.
Después de aquel suceso, las antenas desaparecerían de mi vida por años.
No fue hasta el verano del año 85, ya estudiando en la URSS pero mientras estaba de vacaciones en casa, en que me volvió a «picar el bichito» de las antenas.
Visitaba yo a mi tío Jesús Pablo (si, aquel mismo del booster en 1969) en su apartamento por la calle Tulipán, justo en la zona detrás del Ministerio de Transporte, cuando orgulloso me mostró lo que era el «Canal del Sol» y la antena que tenía para verlo en su casa.
Me enteré por él que una de las quejas más frecuentes de los huéspedes del incipiente sector turístico internacional de ese entonces era que no había televisión extranjera en los hoteles. El «Canal de Sol» era la alternativa que había encontrado el gobierno para proveer una suerte de servicio tipo «televisión por cable» a estos.
Era un solo canal donde alternaban noticias, musicales, algún que otro evento deportivo y películas a la noche. Eso sí, exclusivo para el turismo internacional; el único autorizado a hospedarse en los hoteles donde el servicio se ofertaba. Como la infraestructura habanera no permitía cablear el servicio, la solución fue transmitirlo por radio ondas, pero en una frecuencia ultra alta que los televisores no sintonizaban.
De igual manera se había creado una estación de radio que transmitía música principalmente extranjera las 24 horas para amenizar los centros nocturnos de la capital pero, una vez más, usando una frecuencia no disponible en los receptores de radio del país. Se le conocía como «el Canal 4» pues se podía escuchar en muchos televisores en ese canal, aunque escucharla allí no era una buena opción: el audio de los televisores de la época era horrible. También se le conocía como «la radio del turismo».
Y aquí no tengo más remedio que poner en pausa la narrativa para hacer una reflexión. Hace 40 años, los que rigen el destino de nuestra maltratada isla en nombre de sus pobladores ya conocían que esos mismos pobladores preferían la música y la televisión extranjera al bodrio de producción nacional. ¡Y optaron una vez más por reforzar el bloqueo mediático!
Para añadir sal a la herida, no se trataba esta vez de interferir estaciones «enemigas» que transmitían desde el extranjero. Esta vez eran dos estaciones nacionales, una de radio y otra de televisión, financiadas ambas con el dinero de todos, pero inaccesibles por diseño a quienes la financiaban. Ya no se trataba de un bloqueo mediático alrededor de la isla sino ahora dentro de ella. Cada cual es dueño de encontrarle la explicación y el calificativo que le parezca mejor. Para mí, desde aquel momento el calificativo que mereció fue el de «una grandísima hijo’eputá» del gobierno.
El problema de lograr acceso a la estación de radio del turismo era sencillo de solucionar. Sobre todo, para mí que estudiaba en la URSS en ese momento. El estándar occidental de bandas de transmisión de radio en frecuencia modulada (FM) es en el rango de 88 ~108 MHz. Los soviéticos, que en su momento habían construido su propio bloqueo mediático, solo producían receptores de radio que sintonizaban frecuencia modulada en el rango de 43 ~ 73 MHz. La «radio del turismo» se transmitía sobre los 72 MHZ así que era solo cuestión de comprarme en la URSS un receptor de radio que captara FM. Luego de graduarme, regresé a la isla con un «tuner» marca «Radiotechnica» que era de lo mejor que producía la industria soviética y desde entonces en mi casa se escuchaba a toda hora «la radio del turismo».
No tan sencillo era poder acceder al Canal del Sol. La transmisión se hacía con una portadora de 2.4 GHz y la antena necesaria, llevaba un circuito oscilador para lograr algo conocido como «down converter» que extraía la señal de televisión. No paso mucho tiempo antes de que el circuito ese se filtrara. Se empezó a construir y vender la antena en el mercado informal. Si de algo se vanagloriaba el gobierno era de la cantidad de especialistas de nivel universitario que había graduado así que, no sé cómo no se percataron que eso sucedería. Mas aún, cuando los profesionales estuvieron siempre al margen de que cualquier tipo de apertura económica por muy tímida que fuese.
El circuito estaba compuesto de una placa de circuito impreso, tres transistores y dos diodos todos de alta frecuencia. Se conectaba por cable coaxial a una fuente de alimentación variable de corriente directa que se colocaba encima del televisor. En la fuente, con un potenciómetro variable se le regulaba el voltaje al circuito de la antena y se lograba de esa manera la sintonización al canal.
Pero lo que definitivamente llamaba la atención era que el circuito de la antena se colocaba dentro de un envase cilíndrico metálico que hacía de resonador de frecuencia. Casualmente, en la Cuba en aquella época se distribuía un aceite vegetal de cocina al que se le conocía como «aceite de donación» y se comercializaba en unos envases de hojalata que tenían las dimensiones exactas del resonador original. De ahí a que a la antena del «Canal del Sol» se le conociera como «la lata».
La transmisión se originaba en los altos del Hotel Habana Libre y estaba orientada principalmente a los hoteles de la zona del Vedado, Habana Vieja y el municipio Playa. No puedo asegurarlo, pero no creo que fuera una transmisión de mucha potencia. Lo cierto es que en aquel momento «la lata» del Canal del Sol era un fenómeno principalmente localizado en los municipios cercanos al centro de la capital.
Regrese a terminar mis estudios a la URSS con el encargo de comprar tantos transistores y diodos de alta frecuencia como fuera posible. Énfasis en «como fuera posible». En la URSS de finales de los 80s no existía un mercado a donde ir y comprar piezas de electrónica.
En la ciudad de Leningrado, donde yo estudiaba, lo más cercano a eso era una suerte de mercado informal e ilegal que funcionaba los sábados en las mañanas conocido como «Tashchok» (del verbo ruso «tashchit», que significa llevar a rastras). Funcionaba en la periferia de la ciudad y rara vez había gente allí después del mediodía. Había que levantarse temprano el sábado, viajar cerca de una hora en metro y luego caminar hasta el lugar.
En el «Tashchok» uno se encontraba una multitud de hombres parados con sus abrigos desabotonados pero cerrados al frente y las manos en los bolsillos del abrigo. Cuando uno se acercaba abrían el abrigo y mostraban una lista adentro de lo que vendían y a cuál precio. En las pocas veces que fui encontré algunos transistores KT608 y diodos D9B que servían para la antena, pero no abundaban. Tampoco es que en ese momento la antena del Canal del Sol tuviera alguna prioridad en mi mente.
Unos siete años más tarde cuando estaba ya de regreso a Cuba, totalmente inmerso en la vida laboral y en medio de la crisis que eufemísticamente se denominó «Periodo especial en tiempos de paz», a la antena del Canal del Sol la substituyo una hermana: la antena de los diez canales.
El intento anterior de un solo canal variado no mejoró la opinión de los turistas extranjeros así que, usando la misma tecnología, el gobierno comenzó a transmitir hacia los hoteles de la capital diez canales extranjeros de televisión. Entre ellos estaba CNN, HBO, Cinemax, Discovery, el History channel y, aparte de otros que no recuerdo, uno apreciadísimo por los que ya teníamos hijos chicos: el Cartoon Network. La experiencia se replicaría en el polo turístico de Varadero también.
Si se vivía cerca de la estación emisora con solo poner «la lata» en la ventana se capturaba la transmisión. Los que vivíamos más lejos teníamos que montarla en el foco de una antena parabólica artesanal. Mientras más lejos de la antena transmisora, más alto tenía que ser el mástil de la antena.
La voz se corrió primero entre los que de alguna manera u otra teníamos conocimientos de electrónica y empezaron a aparecer las primeras antenas parabólicas artesanales con su «lata» en la ciudad. Yo monté la mía todo lo rápido que me fue posible. No tardé mucho pues conservaba algunos componentes traídos de la URSS para la antena del “Canal del Sol”.
Para la Cuba de mediados de los 90s poder encender el televisor a cualquier hora del día y tener disponibles 10 canales extranjeros era algo así como la gloria misma. Mejor aún, en un contexto económico deprimido donde llevar a los hijos pequeños a algún lugar de esparcimiento era poco menos que imposible, el Cartoon Network con su variada programación era una bendición caída del cielo.
No tardaron en empezar los encargos de gente que quería una antena de esas en su casa y no sabía construírsela. El precio que se estableció en la ciudad fue primeramente de $100 USD por antena instalada, pero llegó a valer $120 ~ $150 en dependencia de la complejidad de la instalación. Ya $100 era una cifra apreciable de dinero en aquel momento.
¿Como explicarle a alguien que no lo vivió lo que fue el fenómeno de la antena de los 10 canales? Si alguien desea conocer lo que puede lograr la economía de mercado en Cuba, este fenómeno puede servirle de excelente caso de estudio.
En el año 1994 yo le dedicaba más tiempo a construir antenas que a mi empleo oficial. Desde temprano, pedaleaba durante el día toda la Habana en mi bicicleta china buscando y comprando en el mercado informal los componentes necesarios. Luego a la noche me enfrascaba en su construcción y ajuste.
El ajuste era especialmente dificultoso pues involucraba bajar mi mástil, desinstalar mi antena y poner la que estaba construyendo. Luego subir y orientar el mástil para hacer la prueba. Si no se veía bien, había que bajar el mástil de nuevo, desconectar la antena y cortarle un pequeño pedazo a un segmento de estaño que armonizaba con el resonador y que se dejaba para eso. Luego el proceso inverso y volver a probar. A veces el proceso se repetía 4 o 5 veces. Todo lo anterior exigía que lo hiciese cuando mis hijos dormían so pena enfrentar una revuelta infantil por falta de “muñequitos”.
Los constructores de antena que vivían en la zona del Vedado podían hacer el ajuste sin necesidad de montarla en una parábola, pero yo, que vivía a unos 9 kilómetros en línea recta del Habana Libre, no tenía otra opción.
Construir una antena de los diez canales en ese momento era una actividad 100% artesanal e individual. Con el tiempo surgió una especialización tal que era difícil de imaginar al principio.
Aparecieron personas que se ocupaban del abastecimiento de cada uno de los componentes de la antena. Había gente que recolectaba latas de aceite, las limpiaba y las vendía. Había quien hacia las placas de circuito impreso y las vendía. Había herreros que comenzaron a construir esqueletos de parábolas de alambrón metálico, hojalateros que hacían la cajita para la fuente de control y plomeros que construían por encargo mástiles de tubería de hierro.
Había quien «conseguía» y vendía la malla metálica con la que forrar las parábolas, quien «conseguía» y vendía cable coaxial, conectores BNC para el cable coaxial (cada antena llevaba 4), potenciómetros variables, interruptores de bajo voltaje, transformadores de 12 voltios y hasta alambre metálico para usarlos «de vientos» para los mástiles.
Quien en su trabajo tenía acceso a transistores BFR90, BFR91, BFR91a o BFR96 tenía una mina de oro. Lo mismo ocurría con los diodos AA111 y AA112 pero piezas más comunes como estabilizadores de voltaje LM317, capacitores y puentes de diodos también se vendían en el mercado negro como pan caliente.
De igual manera se fue segmentando el nicho de cada una de las actividades relacionadas con la producción e instalación de la antena. Había gente que no sabía mucho de electrónica, pero conseguían un cliente, compraban una «lata» y se encargaban de la instalación. Otros nos dedicamos solamente a construirlas.
Yo terminé instalando una segunda antena parabólica en casa, conectándole un cable coaxial de muy poca perdida (RG11) y dedicándome a construir y ajustar las antenas sin tener que estar bajando y subiendo mástiles. Vendía las antenas a $60 cada una. Era el 50% del precio en la calle, pero me evitaba la instalación y el lidiar con el cliente final. Siempre, como ocurre en la isla, quedaban «los compromisos» así que de vez en cuando no me quedaba más remedio que hacer alguna que otra instalación, pero por lo general, las evitaba.
La actividad llego a ser tan popular que en las hoy desaparecidas tiendas de componentes electrónicos Radio Shack de Miami la gente que tenía familiares en Cuba entraba y decía «vengo a buscar los componentes electrónicos para la antena de Cuba» y ya tenían el paquete preparado con todo lo necesario para construir la antena.
La ciudad de La Habana se llenó de antenas parabólicas orientadas hacia el hotel Habana Libre. Tanto así que hasta la escenografía de un programa humorístico de la época mostraba una vista de la ciudad con las antenas en las azoteas. Algo parecido sucedía en Varadero y las poblaciones aledañas de Camarioca y Santa Marta. El gobierno, que estaba en una suerte de shock emocional con la crisis económica sin precedentes que enfrentaba, no había hecho esfuerzo alguno por impedirlo.
A principios de 1995 instalé la antena más lejos del Hotel Habana Libre que logré que funcionara. Fue en casa de un buen amigo en Santiago de las Vegas, a unos 20 kilómetros del hotel Habana Libre. El mástil necesario era inmenso y nos agarró la noche en la instalación. Me fui para mi casa dejando a mi amigo y a su esposa disfrutando de su antena.
Al otro día por la mañana temprano mi amigo me llama a casa y me dice «oye, esto no se ve». Encendí la antena mía y, se escuchaba perfectamente la transmisión pero la imagen estaba totalmente distorsionada. El gobierno acababa de «codificar» la señal de los 10 canales. ¡Demasiado había durado la fiesta! Esta segunda versión de «la lata» y toda la actividad económica que se creó alrededor de ella había durado unos dos años a lo sumo.
Por un momento me deprimí, pero al rato me percaté de que se acababa de abrir otro negocio: los decodificadores.
Y no estaba equivocado. A la semana en la calle había como mínimo tres esquemas distintos de decodificador. Eran sencillos de construir pues al no ser ya electrónica de alta frecuencia, los componentes eran mucho más fáciles de encontrar. No obstante, a los pocos meses el gobierno se convenció de que no lograría parar el fenómeno con soluciones técnicas y recurrió a lo que mejor sabe hacer: la represión. Publicó una resolución en la Gaceta Oficial que de facto ilegalizaba la tenencia de antenas parabólicas en las azoteas privadas.
Las justificaciones eran risibles, pero bien es sabido que en la isla estas nunca han importado. Los CDRs comenzaron a presionar y a amenazar con acciones policiacas a quien no bajara su antena parabólica. Al final, solo los afortunados que vivían lo suficientemente cerca del hotel Habana Libre como para poder poner «la lata» detrás de una ventana sin parábola alguna pudieron seguir usando el servicio. A principios de 1996 y accediendo a los ruegos de mi madre, terminé bajando mi antena.
Fueron tres años de trabajo intenso, de una relativa prosperidad económica pero, sobre todo, de una realización de que se podía vivir al margen del estado si uno se lo proponía. Con los peligros inherentes a una sociedad totalitaria, pero se podía.
Por ese entonces acababa de empezar en un nuevo trabajo que sería el ultimo que tendría en la isla. Había logrado que me contrataran en la empresa nacional de aeropuertos para desarrollar e instalar una red de computadoras que enlazara a los aeropuertos cubanos. Nada de eso existía. Era un trabajo interesante y había que empezar de cero así que esto, unido a las prohibiciones legales, pusieron a las antenas fuera de mi mente por un rato.
Uno de mis colegas, que vivía en una finca en Mulgoba, tenía en su patio una antena parabólica satelital inmensa de banda comercial (Banda C). La antena estaba a nivel del suelo, enmascarada entre las paredes de una casa en construcción que tenían allí y no se veía desde afuera. Eso definitivamente era «grandes ligas» y coquetee con la idea de hacer algo similar en mi casa. A través de mi colega conocí a varias personas que habían instalado ese tipo de antenas en sus casas y cada uno con una solución más creativa que la anterior para mantenerla escondida.
La que más me llamo la atención fue la de un personaje que tenía su antena de Banda C instalada en la azotea de su edificio en pleno Vedado. ¿Su solución? Se construyó un palomar inmenso de pared doble en forma de dos cajas una metida dentro de otra. En el espacio de la caja interior estaba la antena y en el espacio entre las dos cajas habitaban sus palomas. Cubrió su construcción con un techo de tejas plásticas transparente a las radioondas. El palomar se veía desde cualquier lugar del barrio y los vecinos lo que veían era un tipo que criaba palomas. A la noche, luego de que guardaba sus palomas era que usaba la antena.
Mi casa tenía dos patios de tierra laterales, pero ¡imposible! No había manera humana de poder instalar en él una antena similar y que no se notara desde la calle. Ni siquiera la solución del palomar era factible pues el solo mencionar la palabra «paloma» provocaba una agria reacción de mi esposa y de mi madre.
Unos meses más tarde la oportunidad toco a mi puerta de una manera inesperada.
Un par de colegas del aeropuerto habían emigrado a USA. En esa época en USA la compañía DirecTV ofertaba paquetes de varias antenas satelitales con sus respectivos equipos receptores en un mismo hogar por un precio razonable. Entre los cubanos emigrados era común que alguien hiciera un contrato por, digamos tres antenas, luego dos amigos se llevaran una antena cada uno para su casa y entre todos pagaran el servicio mensual.
De igual manera era posible adquirir independientemente una antena con su receptor y adicionarlo posteriormente a la cuenta de servicio que ya se tuviese. O no, pues ya existía todo un movimiento subterráneo de personas versadas en tecnología que eran capaz de «piratear» el servicio. Se necesitaba una computadora, un lector de «Tarjetas H» y un poco de conocimiento de computación. Y es ahí donde tocan a mi puerta.
Otro colega del aeropuerto que ocupaba un cargo de dirección tenía que viajar a Canadá por trabajo y antes se comunicó por email con mis emigrados excolegas a ver si le podían hacer llegar una antena de DirecTV con su receptor para el colarlo en Cuba. Y si, en esa época ya en la empresa de aeropuertos contábamos con «email internacional» pero esa es otra historia. «Y como harás con el servicio?» – le preguntaron los colegas emigrados, para luego sugerirle que hablara conmigo. Resumiendo: se entraron de contrabando por el aeropuerto varios equipos de DirecTV, un lector de «Tarjetas H» y yo termine con uno bajo el compromiso de ser el «pirata oficial» del club de poseedores de antenas de DirecTV.
Reprogramar de forma pirata las “Tarjetas H” era bien fácil y no tenía ciencia ninguna. Cada vez que la compañía DirecTV hacia un cambio el servicio dejaba de funcionar para los que no pagábamos por él. En menos de 24 horas ya en internet estaba el nuevo fichero binario que había que grabarle a la tarjeta. Nuestros excolegas de Miami me hacían llegar el fichero por correo electrónico, yo llamaba por teléfono a los miembros del club y comenzaba el desfile de gente por mi casa a reprogramar sus respectivas tarjetas.
Reprogramar cada tarjeta era cosa de minutos. Instalar la antena de forma tal de que no fuera detectada por vecinos y el consabido CDR ya fue otro asunto.
Las antenas de televisión satelital se orientan hacia el «Cinturón de Clark», una órbita en el espacio encima de la línea del Ecuador donde los satélites allí colocados giran a la misma velocidad que la rotación de la tierra. En el hemisferio norte se hace orientando la antena hacia el sur y luego girandola hasta apuntar al satelite deseado.
Mi casa tenía una terraza trasera en la segunda planta que daba precisamente hacia el sur. El problema era que lo que se pusiera allí se vería desde la calle. Era hora de demostrar mis dotes de ingeniero.
Comencé techando una parte de la terraza con tejas de fibrocemento pues las tejas plásticas no aparecieron en ningún lugar. Que se dice fácil, pero eso implicó conseguir tubos metálicos, un soldador y las dichosas tejas. Todo del mercado negro por supuesto.
Los vecinos veían la construcción y por supuesto preguntaban que yo hacía. «Techando una parte de la terraza para que mi esposa pueda tender la ropa del bebe, aunque llueva» – decía yo. Y si, teníamos un bebe de poco menos de un año en aquel momento.
A las pocas semanas de haber terminado el techo comenté en el barrio que «se me habían colado y me habían robado ropa tendida». Empecé entonces a cerrar el área techada con un muro de ladrillos de aproximadamente un metro de alto. La altura exacta del muro no la recuerdo, pero este era lo suficientemente alto como para ocultar la antena parabólica que se instalaría detrás de él y a la vez, dejar el espacio suficiente entre el techo y el muro como para que la señal del satélite entrara sin obstáculo.
Jamás los conocimientos de Geometría que adquirí en el preuniversitario tuvieron en mi caso un mejor uso. Luego de terminado el muro instale la antena y la recepción era al 100% mientras que su visibilidad desde la calle era nula.
El próximo paso fue cerrar el espacio entre el muro y el techo con la consabida «cerca peerle» de toda la vida. Por un lado, para ser consecuente ante la mirada publica de mi objetivo de prevenir robo de ropa tendida y por el otro, para prevenir que un verdadero ladrón subiera a la terraza, entrara al recinto, viera la antena y terminara robándosela.
Ahí mismo vino el problema: el metal de la cerca «peerle» hacía de pantalla electromagnética y la recepción de la antena bajó enseguida a menos del 50%. La solución inmediata fue cortar un boquete en forma de «puerta» en la cerca lo suficientemente grande como para que dejara pasar el cono de señal. La idea fue abrirlo a la noche para ver la televisión y cerrarlo de nuevo cuando termináramos, antes de dormir. No contamos con que el televisor lo veíamos desde la cama y en más de una ocasión amanecimos con el boquete abierto.
Mi esposa se percató de que en su empresa entraba una materia prima que venía empaquetada en pallets, dividida por una suerte de planchas plásticas que imitaban «cartón corrugado». Habló con los responsables y la autorizaron a que se llevara cuantas planchas necesitase pues estas al final se botaban. Comencé entonces yo a tapar por fuera con esas planchas plásticas el área cercada de «cerca peerle» de tal manera que no se viera que el boquete quedaba abierto.
«Y que haces?» – preguntaban los vecinos. «No, es que me siguen robando ropa tendida con gancho a través de la cerca. Así no se ve lo que tengo tendido». Solo desde el exilio y recordando este tipo de cosas es que uno se percata de cuanto regía la vida personal en Cuba el trato con los vecinos.
Con esas mismas planchas plásticas y alambrón de hierro le hice una suerte de cobertizo a la antena parabólica que no impactó significativamente su nivel de recepción. Aquello quedó tan bien que un día «Juan el Valiente», el plomero del barrio que era más chivato que «el manquito» de Sector 40, subió a hacer un arreglo a la zona techada, se recostó al cobertizo y no se percató de nada.
Aquella antena de DirecTV empezó a funcionar en 1998. Junto a un aire acondicionado de pared que logre instalar, convirtió nuestro cuarto en una suerte de santuario donde uno podía refugiarse de la realidad nacional.
No más abríamos los ojos encendíamos el DirecTV y poníamos las noticias «de afuera». Al regresar del trabajo era raro no encontrarnos a nuestros hijos mirando algún programa en el Cartoon Network. A la noche era casi obligatorio mirar una peli en HBO o Cinemax. Descubrí un programa llamado “Whose Line Is It Anyway?» que me obligo a aguzar el oído con el idioma inglés e intentaba verlo cada vez que podía.
A modo de consuelo, allí quedo la antena de DirecTV funcionando cuando salí solo de Cuba en el año 2000 a buscar un futuro mejor para mi familia y gracias a ella, mi ausencia se notó menos. El 11 de septiembre del 2001 llame a mi esposa desde el extranjero para informarle lo que estaba sucediendo. Ella encendió el DirecTV y vio con horror en directo al segundo avión impactar contra el World Trade Center de NY. Cuando finalmente emigramos todos en el 2001, esa antena de DirecTV siguió funcionando en casa de un gran amigo hasta un día en que cambio la tecnología y ya no fue posible «piratear» más las Tarjetas H.
En el exilio conocí la televisión por Cable y, para tranquilidad de mi esposa, pareciera que las antenas dejarían finalmente de ser parte de mi vida: ella me pronosticaba cáncer de piel por las horas de exposición al sol ajustando antenas. Y así lo fue por mucho tiempo hasta que en el año 2005 tuvimos dos huracanes en Miami que nos dejaron sin servicio de cable por varios días. Cierto es que tampoco había servicio eléctrico pero en casa teníamos un generador. La ciudad estaba paralizada y estábamos en casa sin nada que hacer. «Si tuviéramos TV satelital esto no nos pasaba» – le escuche decir a mi esposa. Y tenía razón: los huracanes no afectan a los satélites.
Me puse a averiguar sobre el tema para ver qué servicio contrataba y me enteré de que había todo un movimiento de televisión satelital conocido como «FTA» (Free to Air). Consistía en instalar una antena de banda comercial (Banda C) similar a aquellas que nunca pude instalar en mi casa en Cuba solo que ya entonces no era necesario que fueran tan grandes. Los equipos receptores no eran caros. El mercado lo dominaban dos marcas (Pansat y Viewsat) y había una razón: con una pequeña modificación luego de instalados se podía acceder gratis a la programación completa de Dish Network, la competencia de DirecTV. El reto tecnológico me atrajo…. y bueno, ya se sabe que los malos hábitos son duros de eliminar.
El caso es que terminé como antaño en la azotea de mi casa ahora instalando antena y rotor. Luego pasando cables e instalando un flamante Pansat que dominó la escena televisiva de mi hogar a partir de entonces. No había que hacerlo escondido y eso le quitaba un poco el morbo al asunto pero por otra parte, era muy interesante ir saltando de satélite en satélite, escanear sus canales y descubrir que se transmitía.
De esa manera descubrí que el satélite Hispasat transmitía nada menos que Cubavisión Internacional entre otros canales. Mi broma preferida en esa época era, cuando teníamos visita, que llegaran a casa y se encontraran el TV encendido con Cubavisión. Adicionalmente, cuando mi suegro me visitaba, me pedía en serio que le pusiera Cubavisión para ver las noticias que daban en Cuba y ponerse a gritarle al televisor “¡Hijos de Puta!».
En casa fuimos de los primeros en subscribirnos al servicio de alquiler de DVDs de Netflix y cada día menos se fue usando la televisión por satélite. Luego, cuando Netflix comenzó con su servicio de streaming nos olvidamos de él.
El día en que nos mudamos de casa deje la antena de banda C instalada en el techo no sin algo de nostalgia. Intuía que mis días de lidiar con antenas acababan definitivamente con esa mudada.
Solo el tiempo lo dirá.

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