«Un pasito para atrás, por favor!»
Mantra del pasajero.
Hubo acaso algo más habanero para la gente de nuestra generación que las guaguas? Y digo «hubo» porque según me cuentan, hoy son una suerte de especie en peligro de extinción.
Las guaguas fueron la vitrina de la sociedad en cada momento. Desde que tenemos uso de razón, siempre «estaban malas» y no obstante, con contadas excepciones, se las arreglaban para estar cada día peores comparando con el mes pasado. Demasiado se ha escrito sobre ellas y aún así, tomo hoy el riesgo de escribir sobre una ruta de guaguas habaneras que formó parte de mi adolescencia: la ruta 101.
En algún momento en 9no grado me dio por tener peces tropicales. Esas cosas daban por época; en 7mo grado había sido tener palomas así que ahora tocaba tener peces.
Por un amigo de la infancia que también tenía peces supe de «Mayito». Se trataba de un señor mayor de la barriada de la Víbora que aparte de ser mi tocayo, se dedicaba a criar y vender peces tropicales. Mi amigo cursaba el 10mo grado en el instituto «Cepero Bonilla» y así lo había conocido. Lo más importante: el señor también vendía «calandraca».
Por «calandraca», para el que nunca tuvo peces, es que en Cuba se conoce a una bola de gusanillos todos entramados entre sí que se recogen de las zanjas de aguas albañales y se les da a los peces ornamentales como muy buen alimento. Yo hoy juraría que son los oxiuros, pero la biología no es mi fuerte.
El caso es que yo empecé a visitar la casa «del viejo Mayito» como también se le conocía, en la cuadra formada por la calle Heredia entre O’Farril y la Ave. de Acosta. Generalmente iba solamente a comprar «calandraca» aunque de vez en cuando saliera yo de su casa con alguna nueva pareja de peces. Para llegar hasta allí desde mi casa en la zona de Altahabana, debía agarrar la ruta 101 que terminaba recorrido a dos cuadras, en San Miguel y Agustina. Luego «la cola» en su primera parada para el viaje de regreso era precisamente en Heredia y Acosta, en el mismo frente del «Bar de Heredia» que estuvo allí toda la vida. Así empecé a usar esa ruta.
Cuando llegó 10mo grado, me matriculé también en el «Cepero Bonilla». Desde entonces, la ruta 101 se convirtió en parte de mi vida. Primero de lunes a sábado y luego incluso algunos domingos cuando apareció novia en el área.
Esa ruta tenía ómnibus ingleses fabricados por Leyland Motors y estaba basada en el paradero de la Víbora. Tenía su primera parada como ya dije en Heredia y Acosta. Luego tomaba toda la Avenida de Acosta hasta el área que se conoce como «el Mónaco». Allí hacia izquierda en Mayía Rodríguez para llegar hasta San Miguel justo en frente de «la fábrica de galletas», como se le concía a la antigua Villa de los Hermanos Maristas devenida en cuartel general de la Seguridad del Estado. Luego hacía una derecha para ir por la calle San Miguel hasta la Calzada de Vento donde, previa izquierda, recorría esta última completamente hasta llegar a la Avenida de Boyeros. A partir de ahí, la ruta recorría toda la Avenida de Boyeros hasta la antigua carretera del central Toledo donde, después de hacer una última derecha, llegaba al fin de la ruta en la CUJAE. El camino de regreso era casi idéntico con una ligera diferencia: se recorría todo San Miguel hasta su final en San Miguel y Agustina, justo al lado del «Hogar del Veterano»; no se regresaba por la Avenida de Acosta.
Los dos años que cursé en el «Cepero Bonilla» tuve las clases en la sesión de la tarde. En las mañanas, tres veces a la semana tenía Educación Física y un día clases de «Facultativo». Eso significa que en una semana de lunes a sábado tomar la ruta hasta veinte veces entre ida y vuelta se convirtió en norma. No es casualidad que recuerde tantos detalles.
La ruta era usada en las mañanas por los estudiantes de la CUJAE, pero en sentido inverso al que yo tenía que recorrer. En otras palabras, en las mañanas agarrar la ruta 101 para mi no era un problema. Regresar a casa de la Educación Física a bañarme y comer algo tampoco lo era ya que a esa hora el flujo de estudiantes hacia la CUJAE había disminuido. Agarrarla luego en mi parada, la de «El Orbe» (una cafetería justo al lado del «cuchillo» de Vento y Boyeros), a las 12:15 o 12:30 PM si que era un verdadero desafío. A esa hora ya las guaguas venían repletas de estudiantes de la CUJAE que regresaban a casa.
Si bien la ruta contaba temprano en la mañana y luego después de las 5:00 PM (horarios considerados «picos») con varios «carros» de refuerzo, en los horarios que no eran «pico» solo contaba con dos lo cual le añadía adrenalina a la epopeya. Por qué el mediodía no era considerando horario «pico» en una ruta que daba servicio a la CUJAE escapa a mi entendimiento. El caso es que, debido a contar con solo dos carros regulares, la gente le puso a la ruta el sobrenombre de «Las Grecas». «Las Grecas», para quien no lo recuerde, era el nombre de un dúo musical formado por dos gitanas españolas muy popular desde mediados de 70s.
Los choferes que en ese entonces trabajaban el turno regular eran Aparicio y el Bebo. Así se les conocía. Por otro de esos misterios insondables del universo, primero pasaba el Bebo y quince minutos después, Aparicio. Si no se agarraba la guagua de Aparicio había que esperar una hora y media más o menos a que volviera a aparecer el Bebo.
Aparicio era un pan de buena gente. No importaba que tan llena viniera la guagua, paraba en cada parada, esperaba unos minutos y arrancaba suavemente para no lastimar quien no se hubiera podido «enganchar» firmemente.
El Bebo en tanto era, a decir de los pasajeros, un hijoe’puta. A esa hora del mediodía lo raro era que parara en la parada. El truco estaba en «adivinarlo»: podía parar unos 100 metros antes de la parada o podía hacerlo unos 150 metros después luego de haber doblado en el «cuchillo» de Vento.
Entonces, mi rutina vespertina era algo así:
Luego de bañarme y almorzar algo en casa salía para la parada. Al llegar a ella invariablemente le preguntaba a alguno de los otros chicos que hacían el mismo recorrido y que ya estuvieran allí – «¿Hay alguna Greca pa’rriba?» Eso significaba que si había visto pasar a alguno de los dos carros en dirección a la CUJAE. Las respuestas posibles más o menos eran:
– Llevo 40 minutos aquí y no he visto a ninguna subir.
– El Bebo subió. Aparicio no ha subido.
– Están las dos pa’rriba
– El Bebo ya paso pa’bajo. Aparicio está al venir
– Ya bajaron las dos y no las pude agarrar
– No se. Llegué ahora mismo.
Pasábamos entonces a elaborar la estrategia del momento.
Si no había «subido» ninguna, era hora de buscar alternativas que siempre involucraban agarrar dos o tres guaguas de otras rutas.
Si el que debía venir era Aparicio la cosa era buscar una posición en la parada que le permitiera a uno, como mínimo, «luchar» un lugar en un estribo ya fuera el delantero o el trasero.
Si el que tocaba era el Bebo había que apostar si pararía delante o detrás de la parada oficial. Si las apuestas subían mucho en que pararía delante de la parada la gente se movía hacia allí. Entonces el Bebo al verlos, seguía de largo y paraba pasada la parada. Esperar al Bebo pasada la parada tenía la ventaja que como era pasando un «cuchillo», el no veía a la gente allí hasta que ya no le quedaba más remedio que parar so pena de «llevarse la parada» completamente. La desventaja era que uno tampoco veía la parada por si le daba por parar algo más cerca de ella. Era complicado.
A esa hora del mediodía era extremadamente raro que uno pudiera entrar a la guagua antes de las próximas dos paradas. Ese recorrido se hacía «enganchado». Si por casualidad se lograba, a uno lo esperaba el consabido coctel de compresión, sudor, alientos y otros aromas humanos. En eso las Grecas no se diferenciaban de las otras rutas de transporte habanero. Imposible llegar a la escuela con el uniforme impoluto luego de salir de una de ellas.
Había una opción no obstante en la que siempre se podía agarrar la guagua. Le decíamos «irse en barra».
La guagua tenía que forzosamente disminuir la velocidad para doblar el ángulo de 45 grados del «cuchillo» de Boyeros a Vento. Nos parábamos poco antes y cuando la guagua estaba a punto de pasar a nuestros lado, empezábamos a correr en paralelo a la guagua esperando el justo momento a que disminuía la velocidad para doblar. En ese momento saltábamos, metíamos las libretas por una ventanilla donde generalmente quien iba sentado nos las aguantaba (imposible correr con las libretas en el bolsillo del pantalón) y nos colgábamos de las barras que las Leyland tenían en las ventanillas como si estuvieramos «haciendo una barra». Se iba a golpe de brazo contraído, sin poner los pies hasta la próxima parada (*).
De todas las formas de ir enganchado en una Greca repleta, la más espectacular era la de «irse en escena». Si uno lograba ser el último en engancharse en el estribo delantero, con el pie izquierdo en la parte frontal del estribo, la mano izquierda firmemente agarrada de la unión interna de la puerta, las libretas en el bolsillo trasero del pantalón y la pierna derecha en la defensa delantera, pues quedaba la mano derecha libre y la cara delante del espejo retrovisor derecho. Entonces, cuando la guagua arrancaba y ya iba a su velocidad crucero, uno sacaba el omnipresente peine de bolsillo y mientras el viento despeinaba, uno iba peinándose de vuelta mientras se miraba en el espejo retrovisor. Era a eso lo que llamábamos «irse en escena» y que la chica de tus sueños te viera hacerlo era lo máximo en muestras de valentía y arrojo…. o eso nos parecía. Lo difícil era que todo coincidiese.
Regresar a casa a la noche no era ya tan complicado. La cola en Acosta y Heredia a esa hora era fundamentalmente de alumnos de la CUJAE del turno nocturno para trabajadores y era mucho menor. Igual, ya desde hacía años se había institucionalizado las colas «de sentados» y «de pie» así que siempre uno se podía montar. A esa hora también hacer cola era mucho más divertido. Camino a la escuela distintos colegas agarraban la guagua en distintas paradas pero al final del dia, todos coincidíamos en la misma parada inicial para el viaje de regreso. Entonces, aparte de contarnos la peripecias del dia, era inevitable que las bromas y chanzas afloraran durante la espera.
Contrario a lo que pudiera creerse, la voz cantante en las bromas la tenían las chicas del grupo. Una de las cosas que hacían en la cola era que, cuando próximo a nosotros habia algún joven de la CUJAE fumando, alguna de ellas se viraba para uno de los varones del grupo dándole la espalda al fumador y decía en voz alta «NO ME DIGAS QUE NO TIENES CIGARROS. ¡CON LAS GANAS DE FUMAR QUE YO TENGO! ¿Y TU NO TIENES CIGARROS?… PARECE MENTIRA…..» Invariablemente el joven fumador se viraba y le ofrecía un cigarrillo a la chica. Ahí mismo se sumaban las demás acabándoles con la cajetilla. Las muy pícaras, luego de la «picada» en grupo le decian al joven «Ay! muchas gracias…. pero, qué penaaaa» – luego al varón del grupo – «¿TU VES LA PENA QUE NOS HACES PASAR?» – y de luego de nuevo al fumador – «Muchas gracias de nuevo pero,…. qué penaaaa!»
También se la pasaban «cortandole leva» a cualquiera. Como adolescentes que eran, no respetaban ni orfandad de vestuario ni defecto físico alguno. Coincidiamos en la cola con un señor bién grueso que, si a uno le tocaba sentarsene en el mismo asinto que él, solo quedaba disponible el 30% del asiento. El pasaje en la guagua cuando aquello costaba solo cinco centavos. Entonces, un día una de las chicas del grupo estando ya sentada al lado del señor le preguntó «¿Señor, Ud. paga siete kilos?» Y se le quedó lo de «siete kilos». Era un grupito de cuidado.
Si me agarraba muy tarde por alguna actividad extracurricular, se acababa el refuerzo y volvían a ser «las Grecas» de siempre pero ya no importaba esperar. Mucho menos cuando la espera entonces se hacía generalmente sentado dentro del bar pues a esa hora, cuando la guagua llegaba, lo normal era que el chofer se bajase a tomar café en él.
Esperando por una «Greca» en el Bar de Heredia, como no vendían ni el refresco ni el agua gaseada solas, conocí de la diferencia entre el Tom Collins y el Ron Collins prefiriendo desde esa temprana edad el primero. Lo increíble es que, en esa época, un chico de 15 o 16 años se pudiera sentar en un bar, pedir un trago y que se lo sirvieran como a cualquier adulto. No se podía hacer siempre pues un Tom Collins costaba $1.30, y eso era solo 30 centavos menos que una cajetilla de cigarrillos. Yo prefería fumar, pero cuando me lo podía permitir, me lo pedía. Por cierto, si ya tarde la guagua iba lo suficientemente vacía, se fumaba dentro de ella sin el menor pudor.
Los acontecimientos de La Embajada del Perú y el consiguiente éxodo por el puerto del Mariel fueron motivo de acaloradas discusiones que presencié en esa «cuasi-cola» nocturna que se armaba dentro del Bar de Heredia. Los ánimos se caldeaban fácilmente sobre todo al vapor de los alcoholes.
En esa época, a poca distancia de la cola inicial de las «Grecas» vivía un alto cargo de los astilleros de La Habana de apellido Berenguer (familia según se decía luego, del que era Rector de la Facultad Preparatoria Hermanos País). Resulta que al hombre lo vinieron a buscar junto con su familia por el Mariel y presentó su solicitud de salida. Desde ese mismo momento se le montó un acto de repudio permanente al frente de su casa que duró semanas.
Una tarde a la salida de la escuela, mi amigo Ulises y yo nos dirigíamos hacia la cola de las «Grecas» cuando vimos el acto de repudio y nos pusimos a observarlo desde más o menos una cuadra de lejos. En el tumulto había un grupo de chicos de nuestro preuniversitario, pero de los malos, malos. Ellos mismos se hacían llamar «Los Terribles». Eran de los repitentes esos que había en cada escuela que no creían en nadie ni en nada. Estaban allí en el acto de repudio solo para divertirse haciendo bromas porque esos, de revolucionarios no tenían nada.
Pues resultó que uno de ellos nos vio observando de lejos el sarao y señalándonos gritó «Mira, esos dos también se van». Con la misma, parte de la turba palos en mano salió corriendo hacia nosotros. Ulises, nacido y criado en el exclusivo barrio habanero de «La (mala) Fortuna» me dijo – «Corre»- y con la misma salió disparado Acosta abajo. Yo, lo vi correr y me quedé por un instante pensando «pero, por que voy a correr si yo no me voy» y al voltearme y ver la turba que se me venía encima, decidí seguir el ejemplo de mi amigo en la mejor de mis habilidades. Resumen: hasta el Mónaco corrimos, casi un kilómetro!… y gracias a una «Greca» que agarramos cuando casi se iba de la parada del Mónaco nos escapamos de una buena paliza.
Meses después cambiaría de escuela y como consecuencia, de ruta habitual de guaguas. Con el decursar del tiempo otras rutas pasarían a ser parte de mi vida diaria. Incluso, gracias a una de ellas comencé la relación con quien ha sido mi esposa por más de tres décadas. Aún asi, cuando pienso en guaguas no puedo evitar recordar inmediatamente a la que fue «mi ruta». La ruta 101. La de «Las Grecas».
Me atrevo a asegurar que todos los habaneros de nuestra generación tienen historias similares. Al final, nada tiene que ver con la ruta que sea. Tiene que ver con quienes éramos en ese entonces.
(*) Muchos años más tarde, en 1988, yendo de camino para un concentrado militar con mi uniforme de recluta, me pasó una 101 (ya renombrada 201 en ese entonces) repleta por el lado poco antes del «cuchillo» de Vento. Por simple reflejo, volví a hacer la movida de «irme en barras» sin pensarlo. Los pasajeros de adentro me miraban incrédulos y yo, lo confieso, ya a los 20 segundos iba muerto de miedo. Cuando la guagua finalmente paró, me solté y decidí hacer el resto del camino a pie hasta 100 y Vento donde nos recogía el transporte del concentrado militar. Las piernas me temblaban pues ya tenía suficiente edad para estar consciente del peligro de lo que acababa de hacer. Fue solo en ese instante en que concienticé la cantidad de veces que me jugué la vida en el simple hecho de agarrar una «Greca» para ir a la escuela.

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